Bobo en el Hotel de los líos (2ª parte)

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-¡Hombreee!, ¡Mohamed!, ¡Un abrazo! Perdona el retraso, ¿Cómo estás?

-Buenas tardes, Hamouti, dijo Bobo mientras le chocaba la mano.

-¡Y anda!, ¡Esto sí que es una sorpresa! ¡Omar!, ¡Omar el Mounti!, ¡Fantástico! ¡Ahora estamos juntos cuatro hombres de bien!

En esos momentos en la cafetería estaba puesta la televisión, que sonaba a un volumen elevado para facilitarle su seguimiento a la camarera que hasta seis minutos antes estaba sola en la dependencia. De repente se escuchó:

-¡Soy Forrest!, ¡Forrest gaamp!…¡Mi mamá dice que tonto es el que dice tonterías!

Mohamed y Hamouti no pudieron reprimir una sonrisa.

En ese instante sonó el teléfono de la cafetería. La camarera se aprestó a apagar la televisión. Era el recepcionista quien se lo había ordenado. No en vano estaba preparado todo el dispositivo de escucha y grabación tanto en las lámparas como en las macetas de plantas existentes en la dependencia, y alguna más en la barra.

-¿Todo bien, Bobo? Preguntó Mohamed.

-Sí, todo marcha muy bien. He hablado con Giuseppe y le estoy convenciendo de que vuestras peticiones son perfectamente asumibles. Yo creo que si bajáis un poco el listón de vuestras pretensiones llegaremos a un acuerdo. Yo me comprometo a convencerle, pero, ¡ojo!, ya sabéis que a cambio tenéis que mirar para otro lado cuando les demos el golpe definitivo a la gentuza esa del pepeli. Ahí lo tenemos claro, yo y Giuseppe, para que os demos todo lo que queréis, tendréis que permanecer quietos cuando les demos el tiro de gracia. Así que nada de escrúpulos, que aquí vamos a lo que vamos.

-¿Qué es lo que vais a hacer con ellos?, preguntó Hamouti.

-Exterminarlos, hundirlos, descuartizarlos…tendrán que irse de esta ciudad, ellos y todos los que les han apoyado.

-Pero ¿por qué estáis tan obsesionados, si habéis ganado de nuevo?

-Bobo no respondió, y prosiguió: Los tenemos controlados. Tenemos montado un sistema de vigilancia en su sede, tenemos algunos infiltrados en el partido que nos soplan todo lo que pasa y también tenemos intervenidos sus móviles.

-¿Y qué, sacáis algo en claro?

-Yo creo que saben que les espiamos, y por eso no dicen nada por teléfono. Uriarte no hace más que hablar de proyectos e iniciativas y las consulta muy a menudo con Vázquez. Ni siquiera me insultan. Pero a nosotros no nos la dan con queso. Debe tratarse de un código secreto, y tenemos a Michael descifrándolo. Ha contratado a un grupo de expertos para ello, como siempre todos de confianza: hijos, hermanos y familiares directos de nuestros concejales, que aparentemente prestarán servicios informáticos para la institución pero en realidad se dedicarán a esto. O sea: es cuestión de días que sepamos qué es lo que se traen entre manos.

-Bravo, Bobo, ¡Haces un gran servicio a la ciudad!, terció El Mounti. ¡Qué gran gobernador serías! Espero que te nombren cuando sea el momento. Esa sí sería una gran manera de sacar adelante nuestras viejas aspiraciones de unir nuestros dos países. Como yo mismo, que soy de los dos al mismo tiempo y que quiero a los dos. Soy el ejemplo viviente de cómo podría fundirse la discordia existente tal como ocurre en mi cerebro, porque yo soy la personificación de la unión, aunque, eso sí, bajo la vigilancia espiritual de nuestro Rey y señor de los creyentes, descendiente del profeta, al que Dios dé larga vida y sabiduría…

-Bueno, Mohamed. ¿Qué te parecen nuestras ideas?, preguntó Bobo.

-Nosotros estamos en política para servir a los ciudadanos desde la ética de la izquierda. Tenemos que atender a los que sufren condiciones de pobreza más extrema. Tenemos que asegurar un sueldo a todas las familias que habitan los barrios más humildes. La idea es: un padre de familia, un sueldo de la institución. Hay que repartir el trabajo…

-Sí, sí…perdona que te interrumpa, dijo Bobo. Pero Giuseppe junto con Michael y Ralph Martin están trabajando en ello. Dentro de unos meses presentarán el proyecto y ya verás cómo te gusta. Por otra parte, ¡No seas tímido!, algo querréis para vosotros. Tengo entendido que tienes intereses en terrenos cercanos al río. Tú déjamelo a mí. Yo me trabajaré a Michael. ¡Es pan comido!

-Nuestro único interés son los necesitados, contestó Mohamed, consciente de que lo estaban grabando. Nosotros queremos luchar contra la injusticia y además nos gustaría colocar a nuestra gente en la recogida de basuras y también en los planes de empleo.

-¡Sin problemas!, eso te le garantizo. De los setenta a contratar os vamos a dar cincuenta para que los designéis, y al menos cuatrocientos en los planes de empleo. ¡No te quejarás!, ¿no? Así venderéis bien la moto entre vuestros afiliados y simpatizantes. Para que veas que Bobo se sabe portar bien con sus amigos. Además, cuenta con lo de los terrenos. Ya sabes: Aquí, en esta ciudad, quién manda soy yo, con esta pluma pongo y quito Presidentes, ¡No lo olvides nunca! Y como se le suba demasiado la tontería a Giuseppe Giovanni, lo quito de en medio rápidamente, porque ¡lo tengo cogido por los huev..!

-¿Sí?, ¿Y qué es lo que ha hecho?, preguntó Hamouti.

-Digamos que ha caído en una trampa muy común, el error más común del resto de los mortales.

-¿Cuál?

-Pues el que tú estás imaginando.

-Bueno, ¡venga!, ¡tenéis que decidiros ya!, porque, en caso contrario, lo hacemos nosotros solos y entonces no vais a obtener nada, insistió Bobo.

-Tenemos que pensarlo. Ya te contestaremos un día de estos. La nuestra es una coalición democrática y las decisiones se toman por votación, respondió Mohamed.

¡Na-nín-na-na-nín-na-nin-nán!, ¡Na-nín-na-na-nín-na-nin-nán!, ¡Na-nin-na-na…! El móvil de Bobo empezó a sonar de nuevo.

Mohamed, Hamouti e incluso El Mounti sonreían de oreja a oreja al comprobar que el timbre del móvil de Bobo era el mismo que habían escuchado quince minutos antes en el cuarto de baño.

-Te llamo en diez minutos, Michael. Estoy reunido. Sí, sí, con ellos. Adiós.

-Perdón, tenía una llamada, dijo Bobo, y continuó a lo suyo: ¡No me jodas, Mohamed!, que todo el mundo sabe que hacen lo que a ti te dé la gana, dijo Bobo.

-Eso no es así, Bobo. Somos un grupo democrático. Ya te contestaremos. Tú tranquilo. Tenemos que pensar las ventajas e inconvenientes, contestó Mohamed.

-Pues no tardéis, porque vais a perder una gran oportunidad, comentó Omar. No olvidéis que el futuro de esta ciudad pasa por Bobo, y que quien se mueva de su enfoque no sale en la foto.

-Sí, sí, claro, pero, como ha dicho Mohamed, tenemos que reunirnos antes con nuestra gente, comentó Hamouti.

-Bueno, pues vámonos. Por favor, ¡traiga la cuenta!, le ordenó a la camarera.

Cinco minutos más tarde, la camarera no aparecía. No estaba en la barra, y sin duda estaría haciendo algo en las dependencias interiores del Hotel. Bobo quería irse. Estaba harto de esa reunión, y estaba loco por llegar a su casa, quitarse el pantalón y llamar, primero a Michael y luego a Giuseppe, pero no se atrevía a levantarse e ir a pagar a la barra, para evitar que sus acompañantes se dieran cuenta de que tenía el pantalón rajado.

-Advirtiendo el agobio de Bobo, aunque desconocía la causa, Omar se levantó, fue a la barra, llamó a la camarera y pagó las consumiciones: tres cafés con leche y un descafeinado para Bobo, que no tomaba café por las tardes para evitar malas noches, porque desde hacía meses tenía una persistente y recurrente pesadilla: veía y sentía a Uriarte como Presidente de la ciudad, y se veía a sí mismo acudiendo a hacerle la pelota y prometerle amor eterno, ante el desprecio y caso omiso del primero. En una de esas terribles noches incluso se lo hizo encima, como cuando era un niño.

-En cuanto regresó Omar, Bobo dijo: ¡Nos vamos!, ¿o qué?

Emprendieron el camino hacia la salida del Hotel, cuidándose Bobo muy mucho de permanecer siempre el último y un poco detrás de los demás. Realmente estaba agobiadísimo y pasando un mal rato.

Cuando llegaron al exterior, se encaminaron hacia los coches. Bobo portaba su móvil en la mano porque tenía intención de llamar enseguida a Michael.

-Hamouti dijo, ¿Es ese tu coche Bobo? Pero si estaba aquí cuando nosotros llegam…recibió en ese instante un codazo de Mohamed.

-Bueno, eeesss queeee…cené ayer aquí, y hoy vine en taxi. Ya sabes, después de beber unos vasos de vino no se debe conducir.

-¡Ah!, claro. Haces muy bien, Bobo. Aunque nosotros no bebemos.

-Bueno, pues Adiós, nos vemos otro día.

Bobo iba caminando prácticamente hacia atrás. Los tres le miraban alucinados sin comprender nada. En lugar de darse la vuelta y emprender el camino hacia sus coches, como Bobo deseaba ardientemente, no pudieron resistir la curiosidad de seguir mirando, porque ahí estaba ocurriendo algo raro. En ese momento, al tratar de sacar las llaves del coche mientras llevaba el móvil en una mano, produjo un resultado: el móvil cayó al suelo, y encima lo hizo debajo de una de las ruedas delanteras.

-¡Me cago en la leche!, ¡Me cago en todo!, joder, ¡Qué día que llevo!

Bobo decidió hacer el movimiento muy rápido, deseando que nadie percibiera nada. Se agachó rápidamente, pero se le subió la chaqueta enseguida, y al ponerse a cuatro patas mostró el rajado en toda su amplitud: pantalón blanco ajustado sobre calzoncillos rojos que asomaban ostensiblemente por el agujero del pantalón, precisamente en su zona más innoble. Recuperó el móvil tras un largo rato a tientas debajo del coche, mientras escuchaba una carcajada de Hamouti que, entre su juventud –era el más joven de los asistentes- y las ganas que le tenía a Bobo –que había mantenido una actitud insultante hacia su coalición y hacia él mismo-, no tuvo reparos en reírse a mandíbula batiente, ante la cara de enojo de Omar y la sonrisa inevitable y comprensiva de Mohamed, que hacía verdaderos esfuerzos para guardar él mismo la compostura.

Bobo se subió rápidamente al coche. Llevaba los pantalones y la chaqueta hechos polvo. Humillado y blasfemando en arameo, salió del aparcamiento a toda velocidad, derrapando las ruedas sobre el firme debido a la brusquedad de los movimientos de su coche.

Omar hizo lo mismo, después de despedirse cortésmente de los coaligados.

-Mohamed comentó: ¡Menudo cretino el Bobo este!, ¡Menudo imbécil! Este tío, además de ridículo y mentiroso, está más loco de lo que yo creía si piensa que vamos a pactar con Giuseppe Giovanni, Michael y demás. Se aprovecharían de nosotros y nos darían luego el abrazo del oso y una patada en el trasero. No obstante, vamos a seguir fingiendo que nos interesa, pero vamos a exigir que los pagos que nos han ofrecido se hagan ya a cambio de nuestro silencio y abstención. Una vez los hayamos recibido y comprobado, se van a enterar estos cerdos lo que vale un peine. En cualquier caso, este tipo es idiota, primero se esconde en el wáter, luego nos miente con lo del coche, y ahora le vemos los calzoncillos a cuatro patas, ¡Jajajajajajajajajajajaj!, ¡Jajajajajajajajajajajja!, ¡Jajajajajajajajjajaja!

-¡Jajajajajajajajajajajaj!, ¡Jajajajajajajajajajajja!, ¡Jajajajajajajajjajaja!, Hamouti se tronchaba de risa.

Mientras tanto, el ojo que todo lo ve, es decir: Giuseppe Giovanni quien, junto a su hermano Vlad y Damián, habían presenciado todo en directo, se había quedado de piedra. No sabía si llorar o reír. Finalmente dijo:

-Bobo es un imbécil sin lugar a dudas. Al final voy a tener que darle la razón a Uriarte. ¡Se ha atrevido a decir que él ha sido el que me ha puesto de Presidente!, ¡Y un carajo!, ¡Se va a enterar de quién soy!, ¡Os lo juro, se va a enterar!

-Presidente, dijo Damián. No han ido las cosas tan mal, si aceptan la propuesta de Bobo, y cumplen sus compromisos después, ¡los tenemos cogidos!, porque está todo grabado.

-Damián, joder, ¡tienes sangre de horchata!, pero tienes razón. ¡Esperaremos!

 

Notas del autor:

  1. Próximamente habrá más desventuras de Bobo.
  2. Todos los nombres, excepto los de marcas comerciales, son figurados y cualquier parecido con la realidad no es más que una pura coincidencia.

Bobo en el Hotel de los líos

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-¿Sí?, ¿Quién es?

-¿Mohamed? Soy Bobo, ¿Qué tal estás?

-Muy bien. ¿Y tú?

-Mohamed, ¿Nos podríamos ver este Domingo de nuevo? Sí. En el mismo sitio de siempre. Sí, sí, en el Hotel. ¿A las seis y tomamos un café? ¡De acuerdo, nos vemos allí!

Llegó el Domingo, y en la cafetería del Hotel a las seis y veintiséis de la tarde no había ni Dios, aparte de la camarera que atendía la barra. ¡Bueno era Bobo! Él siempre llegaba tarde. Lo consideraba como un derecho y una forma de mostrar su poderío. ¡Que me esperen! De todas formas ¡Yo soy el importante! Sin embargo, en esta ocasión se había encontrado con la horma de su zapato, y sabía que los componentes de la coalición de Mohamed no llegaban habitualmente hasta quince minutos después de la cita, y eso como muy pronto. Lo cierto es que Mohamed y sus seguidores no lo hacían por la misma razón de Bobo, tampoco por desdén y menos para darse importancia. En realidad era porque eran un auténtico desastre, y porque consideraban que cuando se establece una cita es para llegar alrededor de esa hora, si bien rato más, rato menos. Lo importante era asistir, lo menos importante era la puntualidad. Pero en esta ocasión se estaban pasando. Eran casi las seis y media y Bobo, sentado en su coche en un lugar apartado del aparcamiento, observaba que aún no habían llegado, porque no estaban sus coches aparcados. Pero Bobo permanecía allí, tragándose su orgullo, si bien no estaba dispuesto a bajarse del coche y que alguien lo pudiera ver esperando a Mohamed y sus seguidores.

-¡Serán cabrones!, ¡Me cago en la leche, joder! Si no fuera porque tengo que asegurarme la aniquilación de los del pepeli, le iban a dar a estos por donde yo me sé. ¿Y si me estuvieran grabando con una cámara oculta?

Bobo estaba paranoico. Se creía el centro del universo y estaba seguro de que había una conspiración en su contra.

Bajó del coche, y se puso en una esquina apartada del centro. Empezó a mirar ansiosamente todos los arbustos. Todas las papeleras. Todos los recovecos. Continuó mirando las ventanas de los pisos cercanos….y así hasta que divisó, en una azotea a unos trescientos metros, una forma humana asomada en dirección a donde él estaba.

-¡Me cago en la leche! Ya lo decía yo. Me están grabando para dárselo a Vázquez y a Munguina. Estos sarracenos quieren joderme. ¡Voy a esconderme en el cuarto de baño!

Dicho y hecho. Subió las escaleras, no dijo ni buenas tardes al recepcionista y entró como una exhalación en el cuarto de baño, encerrándose directamente en uno de los habitáculos diseñados para la evacuación de las “aguas mayores”. Se sentó en el artilugio y subió los pies, para que desde los contiguos nadie pudiera darse cuenta de su presencia.  Minutos después entró un individuo al urinario anexo. El hombre, creyéndose sólo, aprovechó para desprenderse de una larga retahíla de gases que le venían agobiando la tarde mientras hacía la faena, desahogándose el pobre de una comilona a base de abundante cerveza, fabada asturiana y carne con mucho ajo. Bobo no se atrevía ni a respirar mientras permanecía sentado en posición fetal sobre la tapadera del aparato. Al cabo del rato le estaban dando calambres en las piernas. Tenía un calor horroroso y sudaba como un pollo. Olía fatal. Para colmo, estaba muy incómodo, puesto que unía a la indecorosa postura lo inadecuado de su pantalón, muy apretado como para estar flexionando. Vamos, que había salido de casa encorbatado, enchaquetado, repeinado, maqueado y estaba ya hecho una prenda. De repente, pasados siete minutos de las siete de la tarde, escuchó unas voces y risas que aseguraban la inmediata presencia en el cuarto de baño de un grupo de personas. Eran tres y todos se dirigieron a miccionar.

-¡Qué raro!, Bobo no ha venido hoy, dijo Mohamed.

-Pues tiene aparcado su coche fuera, dijo Hamouti.

-¡Ah! Pues no me he dado ni cuenta, participó el tercero.

-Bueno, pues ya aparecerá. Es él quien nos ha llamado. Nosotros tomamos  café, y si no ha venido después de un rato, nos piramos, dijo Mohamed.

-Mohamed, ¿Tú te fías del pájaro este?, porque este te ha puesto a caldo durante años.

-¡Bah! No te preocupes. Le estamos vacilando.

-¿Cómo?

-Pues claro. ¿Tú crees que vamos a confiar en el cerdo este? Pero si es un sinvergüenza. Le estamos haciendo creer que confiamos en él. Le estamos dejando hablar y que suelte lo que quiera. Le hacemos creer que nos lo creemos, pero lo estamos grabando todo y cuando llegue el momento…¡zas!

Bobo sintió que se le encogía el alma. Bueno, no sólo el alma sino también otra cosa.

-¡Na-nín-na-na-nín-na-nin-nan!, ¡Na-nin-na-na…!

Bobo había olvidado apagar el móvil, y este había empezado a sonar de repente en el momento más inoportuno, y aunque lo apagó de inmediato, entre el susto que se llevó, la brusquedad del movimiento que tuvo que hacer para sacarlo del pantalón muy ajustado y la postura mantenida tuvo su resultado:

-¡Craj! Dios- pensó Bobo- ‘Vaya diíta que llevo! Ahora se me ha rajado el pantalón, cuando notó que se había descosido por la parte de atrás

-¿Qué ha sido eso? Preguntó Hamouti.

-Un móvil. Debe haber alguien en el wáter.

Empezaron a golpear la puerta, y nadie abría ni contestaba. Se agacharon y miraron por debajo de la puerta y no se veía nada.

-¿Hay alguien ahí?

No hubo respuesta.

Mohamed mostraba una sonrisa de oreja a oreja.

-Dijo: ¡Vámonos! Aquí no hay nadie.

Una vez fuera, los tres no podían contener la risa. Caminaban tapándose literalmente la boca para no descojonarse.

-Mohamed comentó: El muy cretino está ahí dentro espiándonos. Cuando salga, fingiremos que no nos hemos dado cuenta.

Bobo salió de su escondrijo. Se lavó la cara y las manos y se secó. Se peinó con las manos, y recompuso su figura como pudo, y a los cinco minutos estaba en condiciones de salir. Pero faltaba un detalle. Si salía por la puerta lo verían, y descubrirían que era él quien estaba escondido. Decidió salir por la ventana. Al fin y al cabo era una planta baja, y luego entrar en la cafetería del hotel con la mejor de sus sonrisas. Sin embargo, al proceder con la operación y levantar la pierna izquierda para pasar la altura de la ventana, olvidándose del descosido en el pantalón, oyó un nuevo crujido. Decidió continuar y pasar el trance. Una vez en el suelo, se llevó la mano a la parte de atrás y percibió un roto que sería ya de unos cinco centímetros más o menos, según calculó.

-¡Maldita sea! Bueno, pues no me quito la chaqueta ni un segundo, tampoco les daré la espalda nunca, y como estaré sentado ni lo notarán, se reconfortó a sí mismo.

-Voy a ver quién me hizo la llamada. ¡Joder! Si es Giuseppe Giovanni. ¡Voy a ver qué quiere!

-¿Giuseppe? Sí, soy Bobo, ¿Qué es lo quieres?

-¿Qué ha pasado, Bobo?, ¿Habéis llegado a algún acuerdo?, ¿Van a apoyarnos para acabar con los del pepeli?

-Estamos en ello. No te preocupes y déjamelo a mí. Esto es pan comido. Los tengo comiendo de mi mano. Vázquez va a ser historia, a Uriarte le quedan dos telediarios y los restantes irán cayendo como un castillo de naipes. Estos coaligados se venden por tres migajas.

-Bueno, vale. Pero mantenme informado. Adiós.

Lo que Bobo no sabía era que Giuseppe y sus secuaces tenían montado todo un dispositivo para saber qué se cocía allí. Tenían cámaras y grabadoras, incluso en el cuarto de baño, en el w.c., en el hall y en la cafetería; tenían comprados al recepcionista y a la camarera; y tenían gente en las terrazas cercanas grabando y observando con prismáticos cualquier movimiento. Realmente no la señora que tendía la ropa sino varios en terrazas, ventanas y balcones situados en varios puntos a mayor distancia. Era un juego entre granujas, tanto el mismo Bobo, como el propio Giuseppe, o los coaligados.

-¡El Bobo este es un imbécil!, le comentó a Vlad.

-Tranquilo. Si falla ya tenemos un segundo plan. Esta vez en los Tribunales.

Bobo, mientras tanto, se encaminó hacia el hotel.

¡Venga!, ¡Allí voy! se dijo mientras subía las escaleras…

 

Notas del autor:

  1. Próximamente habrá más desventuras de Bobo.
  2. Todos los nombres, excepto los de marcas comerciales, son figurados y cualquier parecido con la realidad no es más que una pura coincidencia.

…(Continuará)

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