Melilla: una ciudad ante su encrucijada

Una ciudad en crisis

Melilla se enfrenta a uno de los momentos más cruciales de su historia. Momentos amargos y, a su vez, críticos. Nos encontramos en franca decadencia. Las cifras de paro y de pobreza nunca han alcanzado los niveles actuales. La persistente caída de la actividad económica privada viene siendo una constante en los últimos trece años, desde antes incluso del inicio de la crisis económica generalizada. Las perspectivas de futuro son mínimas para una buena parte de la población melillense.

Han empeorado problemas antiguos de marginación, desarraigo y reticencia a la integración de grupos numerosos de personas. Las oleadas inmigratorias, que podrían alcanzar la característica de descontroladas según como sea la voluntad política de Marruecos, podrían constituir una amenaza a la mera supervivencia de la ciudad. Ha surgido una nueva forma de inmigración procedente del entorno marroquí: la de menores no acompañados que sospechosamente son abandonados en el interior de Melilla para que la Ciudad Autónoma se responsabilice de su tutela obligatoria hasta que alcancen la mayoría de edad, con todo lo que esto implica de cara al futuro no muy lejano. La inseguridad ciudadana es un sentimiento que va calando en la ciudadanía, mientras se han venido multiplicando los sucesos de robos, tentativas de los mismos, altercados y accidentes de todo tipo. Y ha aparecido, además, un peligroso caldo de cultivo: el yihadismo que, si bien no es aún muy numeroso, está creciendo en sus manifestaciones.

Son unos momentos amargos, porque nunca han coincidido tantos y tan variados problemas, y nunca se ha producido una evolución tan desfavorable de los indicadores económicos y sociales que sirven para definir el bienestar o, en este caso, el malestar de una sociedad en términos medios; y son también críticos, porque la capacidad de reacción frente a los anteriores y la forma de hacerlo marcará, sin duda alguna, el devenir a medio y largo plazo de esta ciudad en función de nuestra capacidad para escalar el pozo en el que estamos sumidos y volver a alcanzar el camino de la prosperidad que tenemos derecho a conseguir a base de trabajo y buen hacer, como españoles y ciudadanos libres que somos; o, por contra, hundirnos definitivamente en el abismo, por mucho que se pretenda suavizar la desgraciada realidad actual utilizando los presupuestos generales del estado, o las acciones propagandísticas de tipo triunfalista.

El futuro de Melilla

Tenemos muchos frentes que atender y muchos problemas que enfrentar y para eso haría falta un liderazgo renovado. Haría falta hablar de todo y generar un nuevo contrato social entre los melillenses dispuestos a luchar por su tierra, y que indiscutiblemente se sintiesen españoles por encima de cualquier otra consideración y cualquiera que sea su procedencia. Tendríamos que perdonarnos muchas cosas entre nosotros y solucionar conjuntamente otras muchas más, y hacerlo más desde la cooperación leal en lugar que desde el engaño.

En mi opinión, en el año 2017 todavía estaríamos a tiempo de corregir el rumbo de las cosas, pero estamos llegando al punto de no retorno. Más allá está el precipicio, aunque muchos aún no acierten a adivinarlo o, aunque lo adivinen, a ellos les traiga al pairo mientras anden calentitos, aplicándose lo del dicho popular: “…y el que venga detrás, que arree”.

Sé de la importancia estratégica que Melilla tiene para España. Pero considero que el futuro de Melilla como ciudad española no debe sujetarse con alfileres y por los pelos, sino que Melilla debe sustentarse en bases sólidas; y la mayor solidez la proporcionará una economía próspera, capaz de generar puestos de trabajo y oportunidades para todos aquellos que deseen aprovecharlas.

Considero que España cometería un gran error, por precaución ante el reino vecino principalmente, en seguir apostando por una estabilidad ficticia caracterizada por esconder los problemas debajo de la alfombra, mientras se aportan ingentes cantidades de dinero a cambio de continuar tapándose los ojos con los “errores administrativos” de los gestores políticos.

Creo que habría que reinventar Melilla. Deberíamos romper las tendencias históricas que condenan a nuestra ciudad a la mediocridad, la debilidad cada vez mayor y la inviabilidad económica y social a largo plazo. Pero para eso nos harían falta dirigentes políticos que, al menos, tuviesen una visión de la Melilla que ambicionan para el futuro; y una organización política detrás que fuese capaz de nutrir de colaboradores políticos solventes y honrados a tales líderes, de forma que asegurasen un cumplimiento eficaz y eficiente de la misión que les encomendaríamos: llevarnos a una Melilla que siguiera siendo española, y que, a su vez, fuese viable a medio y largo plazo.

Todo ello, por supuesto, dentro del marco estrecho de unos principios y valores irrenunciables –obvios, aunque no por ello comunes-, principalmente con tres requisitos: patriotismo bien entendido, honestidad a prueba de bombas y generosidad política con aquellos que pudiesen pensar de forma diferente. Todo lo demás podría conseguirse. Sería cuestión de personas y de un pueblo que supiese elegir; y esperemos que sepa hacerlo bien, porque se trata de nuestro futuro, el de nuestros hijos y el de nuestra ciudad.

Rajoy ante el desafío independentista de los nacionalistas catalanes

España, marzo de 2017. El Parlamento de Cataluña prepara un sistema para la puesta en marcha de la Ley de desconexión con España, como paso previo a la declaración de independencia de Cataluña. Se trata de un paso más en dirección al precipicio de la traición y la ruptura, al que unos dirigentes irresponsables están llevando a los catalanes – a los que dicen deberse – y a todos los españoles.
Estos políticos catalanes no solo son irresponsables, sino que son unos corruptos por encima de cualquier otra consideración, como venimos descubriendo desde la súbita “aparición” de la injustificable -por injustificada- fortuna de los Pujol. Es más, puede adivinarse que cuanta más corrupción está siendo descubierta por las investigaciones judiciales actualmente en curso, mayor es la propensión de estos políticos corruptos en acelerar el proceso independentista.
Tiene gracia, la corrupción es el viento que les mueve hacia su deseo de no ser españoles; y precisamente son españoles -probablemente más españoles que nadie- entre otras muchas cosas, por la elevada corrupción que está apareciendo en todas las administraciones públicas de Cataluña, un fenómeno que comparten con el que viene protagonizando el PP y antes también el PSOE en prácticamente todas las regiones de España.
La marcha de la tortuga hacia la independencia
Previo a este intento de ruptura, han habido muchos otros. Se trata de un paso más de la inexorable marcha de la “tortuga” independentista. Una marcha marcada por su propia falsedad, con una inexistente legitimación histórica que invocan persistentemente esos dirigentes corruptos y un indisimulado anhelo hacia una separación que ha echado raíces gracias a un injustificable -también por injustificado- sentimiento de insolidaridad extendido por tales políticos corruptos entre un pueblo mayoritariamente desinformado y que parcialmente ha estado dispuesto a creerse las mentiras y las medias verdades de la propaganda independentista.
Venimos presenciando diversos episodios desde la caída del gobierno de Aznar en 2004. A partir de entonces, es cuando la royal family catalana de los Pujol y sus adláteres se quitan la careta de la cooperación con los sucesivos gobiernos de España y viran radicalmente su agenda política hacia la independencia. Las declaraciones se vuelven cada vez más agresivas. El terrible error de Zapatero, comprometiéndose a que el Parlamento español aceptaría la propuesta de reforma del Estatuto de Cataluña que formulase el Parlamento Catalán -algo que a lo que obviamente no estaba capacitado – no hizo más que favorecer los intereses de los independentistas. Al deseo inicial de unos pocos, se empezaba a generalizar la percepción de desánimo y desengaño por la actitud “cicatera” de los “españoles”. El germen del desencuentro, incluso con catalanes de procedencia andaluza o extremeña en segunda o tercera generación, empezaba a constituir un riesgo de extenderse de forma viral en Cataluña.
La inoperancia de Rajoy ante un grave problema político
Durante el período de Gobierno de Mariano Rajoy, los desafíos nacionalistas al estado no han dejado de crecer. Rajoy no ha respondido en términos políticos a ninguno. La única respuesta del estado se ha producido siempre en las instancias judiciales. El Tribunal Constitucional ha tenido el arduo trabajo de defender, prácticamente en solitario, los intereses de la nación, mientras que los sucesivos gobiernos de Rajoy, y principalmente el mismo Rajoy, se ponían de perfil, no fuera a ser que tuvieran que pronunciarse. Las únicas declaraciones políticas las emitía el anterior ¡Ministro de Exteriores!. No cabía duda de que el despropósito llegaba a su grado sumo.
El problema catalán es un problema político que necesita respuestas políticas. Requiere liderazgo y capacidad de resolución por parte del gobierno de España. No es algo fácil. Va ser extremadamente difícil, pero no por ello podemos dejar de intentarlo. Más de la mitad del pueblo de Cataluña está en contra del proceso de independencia. No podemos abandonarles. Ni a ellos ni a los que querrían ser independientes. Además, el proceso está basado en falsedades históricas y falacias económicas que debemos ser capaces de desmontar con pedagogía y sobre todo con cariño hacia nuestros compatriotas catalanes. Les queremos dentro de España. Tenemos que luchar por ellos. El Sr. Rajoy debe empezar a moverse. Debe anticiparse a los movimientos de los independentistas. Hay que pasar de las reacciones judiciales del Tribunal Constitucional hacia unas políticas proactivas que se anticipen a tales movimientos, y que desmonten y desarmen en origen las mentiras y falacias de los independentistas.
No obstante, a las alturas en las que estamos ya, le corresponde a Rajoy mover ficha de una vez, aunque debería haberlo hecho hace ya un par de años por lo menos. Le corresponde activar los mecanismos previstos en el artículo 155 de la Constitución Española, que establece:
“Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.”
Actúe pues, Sr. Rajoy. Muévase de una vez. No temple más gaitas. Es hora de actuar y de ejercer el liderazgo como Presidente del Gobierno de España. Deje de pensar en gallego. Esta vez el problema no se va a solucionar solo.

La corrupción tiene premio en la España actual

Durante los dos primeros meses de 2017, los españoles hemos presenciado una condena al ex vice-presidente económico del Gobierno del PP de Aznar, Rodrigo Rato, que ha sido debida a las tarjetas “black” de Caja Madrid, cuyo uso posibilitó, aprobó, encubrió e instigó entre los Consejeros de la entidad crediticia, los cuales tenían el derecho a usar, a modo de dinero caído del cielo o de pólvora del rey, sin repercusión fiscal y con opacidad absoluta, tales tarjetas para adquirir bienes, servicios e incluso sacar dinero de los cajeros, como hacía el propio Rato. Da vergüenza ajena solamente enterarse de lo acontecido y del uso fraudulento del dinero de los demás.
No hay que olvidar que Rato tuvo que salir de la entidad a consecuencia de sus malos resultados y poco antes de que fuera intervenida, utilizando miles de millones de euros provenientes de todos los españoles (una parte) y de todos los europeos (gracias a los fondos del rescate que nunca ha sido reconocido por los gobiernos del PP, porque han jugado con la terminología).
También hay que recordar que no se ha hecho Justicia, al menos inicialmente, por conjunción astral o por la acción de Rajoy, sino que ha sido por la persistencia y tenacidad de un partido político, UPyD, que desgraciamente ha sido objeto del olvido y menosprecio de los españoles a pesar de los grandes servicios prestados a España, ya que no le han votado suficientemente como para que pudieran mantener algunos escaños en el Parlamento, a pesar de la dignidad con la que han trabajado y la lealtad que han mantenido con todos los españoles, pero esa será otra historia que contaremos más adelante.
A Rodrigo Rato, además, se le han descubierto operaciones de naturaleza fiscal nada transparentes y potencialmente delictivas, que serán juzgadas en el futuro. Está involucrado en otros asuntos turbios derivados de su patrimonio y de la gestión de Caja Madrid y Bankia, de las que fue presidente. No se trata de un afiliado más del Partido Popular. Se trata del artífice del llamado “milagro económico del PP” y de un hombre que pudo haber sido el presidente de este partido, con lo que podría haber llegado a ser el presidente del gobierno de España. Fue también el Gerente del FMI, uno de los cargos públicos más importantes del mundo, y lo consiguió gracias a que el gobierno de España impulsó y propició su candidatura.
También hemos sido informados en este primer trimestre de 2017 de una nueva condena – ya lleva varias- al ex-Ministro de Medio Ambiente con el gobierno del PP y Presidente del Gobierno Balear durante dos legislaturas, Jaume Matas, que ya ha estado pasando una temporada en la cárcel. En este caso, derivado del caso “Urdangarín”, que ha dejado una resolución judicial, al menos inicial, un poco sorprendente y que deja en tela de juicio -y nunca mejor dicho- la supuesta igualdad de los españoles ante la Ley.
Hemos presenciado, por otra parte, las primeras de las condenas del caso Gürtel, en las que además de los conocidos delincuentes que fueron denunciados en su día por un cargo disidente del propio PP, ha sido condenada una ex-presidenta del Parlamento de la Comunidad Valenciana y ex-Consejera del Gobierno del PP de Camps a pasar una larga temporada en la cárcel, junto a otros cargos menores por el PP.
El Presidente de Murcia, un desconocido “indispensable”
También durante estos últimos días – ya en Marzo de 2017- estamos presenciando atónitos el caso del Presidente del Gobierno de la Región de Murcia. Se trata de un político que supongo que será muy conocido en su región, pero lo era poco fuera de ella, ya que llevaba apenas un año en el cargo, hasta que ha saltado la liebre de que está siendo investigado (ya ha sido imputado) por el Tribunal Superior de Justicia de Murcia por sus actividades públicas en el ejercicio de cargos públicos anteriores al actual, de los varios que ha disfrutado con anterioridad. Este señor proviene de las Nuevas Generaciones del Partido Popular, y lleva desde su juventud enganchado al carro de la política, a la que habrá aportado – sin duda alguna, claro está- su experiencia profesional anterior lograda como un gestor eficiente. Por tanto, su profesión es la de “político”.
Este señor, que también es un Pedro Sánchez -pero un Pedro Sánchez diferente al anterior Secretario General del PSOE-, encabezaba la lista del PP en las elecciones autónomicas de 2015 en Murcia, y como no logró obtener -aunque por los pelos- la mayoría absoluta, previamente a ser elegido Presidente por el Parlamento de Murcia se había comprometido a dimitir si tal contingencia (ser imputado por un Tribunal) ocurría, y todo ello solamente porque era necesario el apoyo o el concurso de los Diputados que había obtenido el partido Ciudadanos para que lograra la citada presidencia. Además, la Ley de Transparencia que el Parlamento regional ha aprobado recientemente gracias a la acción política y la exigencia de Ciudadanos, contempla la situación en la que se encuentra y le obligaría a dimitir. En realidad le obliga, pero el susodicho se niega a hacerlo, y cuenta con el beneplácito del Presidente del PP y del Gobierno de España, Mariano Rajoy, así como de las más altas figuras de tal partido.
Realmente, ver para creer. Lo que se firma no se cumple, y en el PP se quedan tan panchos. Lo que se pone en el texto de una Ley aprobada en el Parlamento tampoco. ¿Cabe mayor descaro y sinvergonzonería?, ¿Cómo puede tenerse tanta cara?, ¿Los españoles nos merecemos esto?
Pero es que si analizamos lo que ha pasado es todavía peor. Uno de los gerifaltes actuales del PP nacional, el Sr. Maíllo, dice – para justificar el descarado incumplimiento que están cometiendo – que no les quedó otra que aceptar ante la postura obstinada de Ciudadanos, que impuso que las imputaciones fueran causa de dimisión de políticos en ejercicio, y que eso fue como “las lentejas” (que las comes, o las dejas).
O sea, que según el PP, los acuerdos están para no cumplirlos y las Leyes tampoco. ¡Muy instructivo para los ciudadanos y para toda la nación!, ¡Muy formativo para nuestros jóvenes!, ¡Menuda pandilla de sinvergüenzas que tenemos en el poder!
Hay muchos más casos. Me aburre hasta contarlos y pensar en ellos. La situación es esperpéntica. El Partido Popular, que sustenta al gobierno de España, está acosado y asediado por una corrupción de carácter galopante, endémica, sistémica y generalmente extendida a lo largo y ancho de este país.
Los gobiernos pueden cambiarse con las elecciones
Bueno -diría un teórico externo- pero ustedes -los españoles- tenéis la facultad de cambiar el gobierno en las elecciones, para eso tenéis una democracia.
Me río, por no llorar. Si hoy -marzo de 2017- se celebrasen unas nuevas elecciones, el PP sacaría mayoría absoluta o estaría próximo a lograrla. Los españoles votarían masivamente al PP, a pesar de la corrupción existente y de todos los pesares.
¿Cómo podría explicarse que un pueblo mayoritariamente le entregue lo único que tiene – que es su voto- a quienes no se merecen esta confianza?
Es difícil explicarlo, pero para ser muy sintético, yo diría que es el “voto del miedo”, formado por la suma de los que proceden de los beneficiarios directos, indirectos y colaterales de la política del PP (que ya son muchos), a los que hay que añadir a los “coherentes” o los que han escogido un partido, a modo de club de fútbol, y que están dispuestos a ver sus virtudes y taparse los ojos ante sus defectos (como si se tratara del Real Madrid o del Barcelona, olvidándose de todo lo demás). La suma de estos dos anteriores ofrecería, en grandes números, el “suelo” electoral del Partido Popular, o el número mínimo de votos que obtendría en la peor de las circunstancias. La suma de estas dos componentes anteriores harían que el PP consiguiese unos resultados decentes, pero perdería las elecciones.
Sin embargo, algo más está sucediendo. Es el componente del “voto del miedo“, proveniente de las clases medias capaces de pensar por sí mismas, racionalizar su voto y cambiarlo en función de las circunstancias, pero a las que les aterra -y no es extraño- un individuo como Pablo Iglesias, con lo que lleva detrás y lo que pretende. Curiosamente, en este caso, el voto a la opción representada por Podemos, con un radical como Pablo Iglesias, no consigue otra cosa que apuntalar a Mariano Rajoy -mediocre donde los haya- en el Poder, y evitar nuevas posibilidades solventes como Vox o Ciudadanos, además de haber propiciado el hundimiento de uno de los partidos que más merecimientos tenía, la UPyD, que ha sido el verdadero látigo a nivel nacional – a nivel local ha habido más casos- contra la corrupción y el nacionalismo excluyente en España.
En mi opinión, Podemos va a quedar ceñido a su 20% del voto más o menos, pero no va a tener muchas más posibilidades de crecer en las circunstancias actuales y con la radicalización que se le adivina. Lo peor es que le resta a los demás las posibilidades del cambio que es necesario para España. El mejor regalo para Rajoy ha sido la continuidad de Pablo Iglesias. Espero y deseo que a eso no se le sume otro cambio en el PSOE, un partido indiscutiblemente necesario para nuestro país.

Centrémonos en los mejores: Son los que pueden ayudar a cambiar el mundo

Siempre he pensado que los gobernantes, independientemente de la magnitud e importancia de los gobiernos que han conseguido encabezar, sean estos de naciones, regiones, provincias o ciudades; y ya sean de las más grandes y poderosas, o de las más pequeñas y debilitadas, todos deben ser capaces de ofrecer a la sociedad -principalmente a la propia, pero también a la población ajena-, además de lo fundamental – que es un buen gobierno-, una forma de conducirse ellos mismos que ayude a educar a las personas que componen la población en general y, en definitiva, a las sociedades de los que estos forman parte.

Pienso así porque considero que tales gobernantes son, en mayor o menor medida – claro está- objetos continuos del escrutinio público en tanto que son personas de referencia, un honor que comparten junto a otras personas influyentes: deportistas de élite, líderes de opinión, artistas, cantantes y periodistas; escritores, científicos o empresarios de éxito, aunque estos tres últimos casos sean más raros en nuestro país: España y, en su lugar, predomine una deprimente fauna de polemistas especializados en cotilleos varios sobre celebridades, políticos o quien se ponga en medio, si bien esta será otra historia.

Y esos sujetos que, a su vez, son objeto de focalización de las personas individuales, muestran continuamente actitudes, conductas y comportamientos, que van a influir sobre un grupo muy numeroso de personas a través del juego de las percepciones, y que pueden servir, por tanto, para mejorar las creencias y formas de conducirse de las personas que les observan. Todos ellos deberían ser conscientes de que pueden y deben utilizar sus altas posiciones, que en la mayoría de los casos han logrado por sus propios méritos, para ayudar a lograr, poco a poco, un mundo mejor: una sociedad cada vez más civilizada. Si lo que muestran son altos valores, eso será lo que perciban la mayoría de los individuos, y eso es lo que estos considerarán que hay que hacer, puesto que es lo correcto.

Por ejemplo, debemos ser conscientes de la importancia que tienen para las sociedades modernas, que cuentan con una capacidad de obtener información prácticamente ilimitada e instantánea, algunos comportamientos públicos como los que viene protagonizando desde hace muchos años ya, y en cada una de sus numerosas hazañas deportivas, un deportista de la talla de Rafael Nadal. Sus valores, principios y convicciones, que superan en mucho los límites de la cancha donde se demuestran con mucha frecuencia, pueden llegar a ser perfectamente entendidos, y luego asumidos e interiorizados, por muchas personas; y su extensión y generalización cada vez mayor sin duda cooperarían, a nivel de las sociedades en su conjunto, a conseguir un mundo mejor para el presente y el futuro.

Pero no sólo se trata de Nadal, como si él fuera la única excepción. Hay otras muchas personas que se encuentran en la élite, de entre los que componen los grupos citados, que intentan transmitir lo mejor de ellos mismos en cada momento, al menos siempre que se muestran en público, y que constituyen un ejemplo – viviente- con su actitud ejemplar y ejemplarizante, la cual sirve para demostrar que siempre es posible actuar del modo más correcto en contra de la forma más incorrecta; que puede prevalecer el respeto sobre la descortesía; la honestidad frente a la deshonestidad; la gallardía frente a la cobardía; la cultura sobre la barbarie; la verdad sobre la mentira; el patriotismo bien entendido sobre la traición; la participación sobre la imposición…en resumen: lo que es bueno y auténtico frente a la barbarie, la sinrazón, el despropósito, el insulto, el despotismo y la tiranía.

Viene esto a cuento de observar el comportamiento de un gobernante como Donald Trump. Llamo la atención sobre él porque une a su notoriedad pública evidente un poder real increíblemente grande. Por supuesto que tiene algunas virtudes: osadía, sinceridad, capacidad de resolución y de liderazgo. No todo es malo, ni en él ni en nadie. No en vano ha sido votado por sesenta millones de americanos, entre los que seguro hay muchísimas personas excelentes. Sin embargo, las sensaciones que transmite en algunos casos no son muy positivas, porque – me pregunto: ¿Es bueno para la gente ver al líder de la nación más poderosa del mundo abusando públicamente y faltando el respeto a otras más débiles y hacia personas desfavorecidas?, ¿Es bueno para la gente ver a un poderoso mofándose de un reportero discapacitado?, ¿Es bueno para la gente ver al principal mandatario del país más poderoso del mundo afirmar que, a partir de ahora, se van a volver más egoístas en todo lo que respecta al resto de la humanidad, tanto en comercio internacional, inversiones, aranceles, intercambios, organizaciones supra-nacionales, etc?

Sinceramente, yo no creo que sea bueno, aunque probablemente habrá aspectos en los que tenga razón o, al menos, una parte de ella. Supongo que su actitud puede dar votos. Que puede hacer ganar unas elecciones, pero no creo que sea bueno para la humanidad en su conjunto. Espero que el tiempo le haga ir atemperándose y calmándose, porque lo que puede parecer bueno, a veces no lo es.

Sin duda, es una criatura a la que han dado forma los fantasmas de la globalización, esos que hacen desaparecer miles de puestos de trabajo en algunas naciones desarrolladas mientras que se generan otros tantos en otras en las que, hace simplemente veinte años, morían cientos de miles cada cierto tiempo cuando sucedían hambrunas, sequías o inundaciones. Estas desgracias rara vez producen en la actualidad tantos fallecimientos y, si lo hacen, es más a consecuencia de guerras y luchas por el poder que por tales razones. El aumento del comercio internacional, de las inversiones en países subdesarrollados y la globalización han mejorado las condiciones de vida de millones de personas. Con todos sus defectos -que los hay- la situación era ayer mejor que en el pasado. En definitiva, lo que es bueno para unos puede parecer menos bueno para otros. La responsabilidad de los líderes mundiales –principalmente los más poderosos- no puede centrarse exclusivamente en sus territorios. Entre todos debemos conseguir que se continúe, profundice y mejore lo que es bueno para la humanidad, aunque no sea popular o, mejor dicho, populista.

Otro día hablaremos de Rajoy y también de otros. Puede que –aunque no lo sepamos- tengamos algún “Trump” entre nosotros.

Reactivar un blog (reedición)

Llevo tiempo sin escribir en este medio. Casi un (dos) año (s). Es hora de reactivarlo porque es una buena forma de comunicación que, además, puede complementarse con su difusión por otros medios, concretamente Facebook y Twitter.

Mientras que la primera de estas redes se fundamenta en la capacidad de interactuar con otras personas, marcando cada una la amplitud y características de sus aportaciones; el segundo da campo a la expresión sucinta -restringida a 140 caracteres- de pensamientos, sentimientos y emociones, es decir: tiene un carácter más individual, todo ello sin olvidar las posibles interacciones bilaterales o, en cualquier caso, para grupos reducidos. No en vano, al segundo se le denomina “micro-blog”.

No obstante, aparte de ambas formas de comunicación, que no voy a dejar, un blog permite desarrollar una idea sin la restricción de espacio o la conveniencia de amoldarse al ámbito de una comunicación concreta, la evolución de un grupo, la deriva de los comentarios existentes o un post que marca el inicio de las conversaciones. Además, no hay que olvidar la dificultad añadida que existe en Melilla (hoy, en 2017, mucho mayor que hace dos años, puesto que han desaparecido medios “libres”) para trasladar un mensaje a sus destinatarios finales, definidos a nivel de público objetivo, ya que las distorsiones que producen las “antenas” y “repetidores”, a veces alquiladas, a veces compradas, hacen que el hecho de intentar hacerse entender -ya de por sí dificultoso-, simplemente se convierta en una misión casi heroica.

Me propongo, por tanto, comentar periódicamente, y emitir dos o tres posts a la semana (menos: uno a la semana) sobre temas de actualidad, tanto referidos a la ciudad donde vivo: Melilla, como sobre temas de carácter nacional o internacional. En los mismos trataré de explicar mis percepciones y comentarios sobre asuntos concretos. Mi intención inicial se dirige hacia textos cortos y condensados. En mi ánimo está más buscar un desahogo personal que cualquier otra circunstancia. Por otra parte, también ayudar a demostrar que, más que a insultar como dicen algunos, a lo que verdaderamente me dedico es a tratar de mejorar la sociedad en la que vivo y a luchar por evitar que los peores augurios de la decadencia más deprimente  se hagan realidad finalmente. Habrá denuncias, por supuesto; y es que cuando se hacen las cosas mal, como frecuentemente ocurre en la España actual, no denunciar lo incorrecto o inapropiado considero que es un acto de traición en el que yo, al menos, no pienso incurrir mientras ejerza una actividad política.

No obstante, cualesquiera interesados serán bienvenidos. A ellos me dirijo y por ellos me impongo esta tarea.

Nota: Este artículo apareció originalmente en mi blog el 26 de junio de 2013.

Un pacto ¿bueno o malo?

En muchas ocasiones, parece que la vida política española es muy compleja. Tan compleja que solo pueden comprenderla los políticos y los comentaristas políticos avezados y nunca el común de los mortales, ese sujeto indeterminado: el pueblo español, al que teóricamente iría dirigida cualquier acción política y que pagará, en todo caso, tanto los aciertos como los fracasos que se hacen siempre  en su nombre y por su interés, también teóricamente.

No me corresponde a mí hablar de las causas de esta percepción de los ciudadanos, pero sí quiero afirmar con rotundidad que no debería ser así: que los ciudadanos tienen que poder comprender y compartir la política y las decisiones de los políticos y, es más, estas deberían ser perfectamente previsibles, al menos en un intervalo lógico y en función de una graduación de la gravedad de las decisiones políticas que haya que tomar.

Y es que las cosas deberían ser más fáciles de lo que parecen. Somos los humanos quienes nos empeñamos en hacerlas complicadas. Veamos: Hay que cumplir la Ley siempre. No valen excepciones ni conveniencias. Lo que era malo y terrible un mes antes debe seguir siéndolo un mes después, a menos que haya aparecido súbitamente una prueba irrefutable en sentido contrario. Lo que se ha dicho y redicho en el período electoral y en los meses previos debe mantenerse, sobre todo cuando todo ello forma parte del núcleo de la oferta electoral con la que un partido político concreto ha concurrido a unas elecciones y ha obtenido votos – sean pocos o muchos – de los ciudadanos. Es más: Los electores deben anticipar fácilmente antes de emitir su voto cuáles son las coaliciones post-electorales posibles y cuáles no.

En Melilla, estamos viviendo unas situaciones políticas de difícil comprensión. Cuando no vaya a gobernar el que ha ganado las elecciones aunque sin mayoría absoluta, los ciudadanos tienen que entender las razones por la que esto no es así. Creo que en Melilla era muy razonable que no gobernase Imbroda. Después de 15 años de Imbrodismo. Después de tantas y tantas denuncias de actuaciones inapropiadas. Después de tanto clientelismo, enchufismo y amiguismo. Después de repetidos, aunque nunca probados -al menos por ahora-, fraudes en el voto por correo y en la compra generalizada de última hora de voluntades en algunos (pocos o muchos, da igual) electores. Después de todo ello, existían razones más que fundadas para que el resto de los partidos con representación en la Asamblea hubieran pactado un gobierno alternativo, destinado a regenerar la institución que es de todos los melillenses y a desmontar el aparato político clientelar que tanto ha perturbado la democracia en Melilla y tanto daño ha hecho al mismo futuro de la ciudad.

Pero lo anterior no ha sido posible. Concretamente, dos partidos -ambos de ámbito nacional- se han negado, aunque de manera legítima, a hacer factible esta posibilidad, para la cual era condición necesaria la generosidad política previa de todos los integrantes. Han existido intentos de gobierno alternativo, pero no han fraguado. Nunca ha dado la sensación de que existiera una posibilidad real de un acuerdo.

Una vez que lo anterior había fracasado, lo lógico hubiera sido un gobierno del PP del Sr. Imbroda en minoría, tal como prevé el Estatuto de Autonomía de Melilla. Un gobierno que se vería en la necesidad de buscar acuerdos para sacar adelante asuntos de especial interés: los presupuestos anuales, el plan de ordenación urbana y muchos otros. El diálogo y el consenso habrían primado sobre la pura imposición y el nulo respeto democrático del que Imbroda ha hecho gala durante demasiados años ya. No era un horizonte tan malo para los ciudadanos de Melilla. Para el único que era malo era para el propio Sr. Imbroda y su gobierno, que perdería el “rodillo” asambleario del que ha disfrutado durante tanto tiempo. La inestabilidad que esto podría producir sería relativa, siempre y cuando existiese, al menos, un diputado o diputada, y, por supuesto, un partido político organizado detrás, que tuviese las ideas claras sobre lo que puede o no puede aprobarse, sobre lo que es en interés de Melilla y lo que no lo es. Ese partido podría y debería haber sido Populares en Libertad.

Pero ha venido la sorpresa. Una sorpresa para mí traumática: mi partido, para el que me he dedicado en cuerpo y alma durante cuatro años irrepetibles de mi vida, ha decidido “pactar” con el PP del Sr. Imbroda y entrar en su gobierno, facilitándole la mayoría absoluta a cambio de unos compromisos de acciones o inacciones políticas determinadas. Unos compromisos que, por cierto, siguen sin ser públicos -algo que no logro entender- a pesar de que han transcurrido ya varios días desde la materialización del pacto y la obtención de la presidencia por el Sr. Imbroda.

Las preguntas que me hago son las siguientes: ¿Era lo mejor para Melilla este Pacto y la entrada de PPL en el gobierno?, ¿Tenía que pactar PPL obligatoriamente?, ¿Va a cambiar su forma de actuar el Sr. Imbroda por mucho compromiso político que tenga firmado?

La primera pregunta ya la he contestado anteriormente: No era lo mejor. Lo mejor era obligarle al diálogo y al consenso. Lo mejor era controlarle y evitar cualquier tipo de tropelía. Lo mejor era un gobierno alternativo que hubiese desmontado el sistema y que, al menos, las próximas elecciones en Melilla fueran libres y sin trampas.

La segunda es también negativa, aunque se ha utilizado para justificar la acción de PPL, afirmando: “si PPL no pactaba, desaparecería, porque es inviable. Habría sido preferible el pacto cuatri-partido pero como no ha sido posible, había que pactar”. Esta premisa es falsa. Si fuera cierta todos los partidos que cuentan con un único concejal o diputado desaparecerían. Sabemos que UPyD lleva 8 años trabajando sin representación en Melilla, y no hablemos de IU, Los Verdes y muchos otros. Además, tenemos la experiencia de 4 años en la Asamblea con un grupo de 2 diputados: uno de ellos (yo mismo) a tiempo completo y otra compatibilizando, con muchas dificultades e impedimentos de sus superiores, su trabajo como profesora de instituto con la asistencia a los órganos de la Asamblea de Melilla. Es decir: la diferencia no era mucha. Existían dificultades añadidas, bien que lo sé, pero habría sido posible seguir adelante con el equipo adecuado a la nueva situación sobrevenida. El problema, antes y ahora, era de voluntad política.

Sobre la tercera pregunta, tengo que responder que lo dudo, y además mucho. No me lo creo. No me creo que el Sr. Imbroda, después de las innumerables faltas de respeto y consideración que ha tenido, tanto con los procedimientos administrativos (ya saben: los famosos “errores administrativos”), como con sus oponentes políticos, el manejo de la institución que es de todos o cualquier otro aspecto que haya podido caracterizar su presidencia, vaya a cambiar de un día para otro, y menos por la existencia de un mero papel. También existía un gran acervo de leyes y reglamentos que han sido vulnerados con los citados “errores administrativos”. Ya se decía, en tiempos de Felipe II, que España tenía muchísimas y buenas leyes y normas…que nunca se cumplen porque no se hacen cumplir. En mi opinión, el mero hecho de entrar en el gobierno debilita la voluntad política. Sin pacto, la voluntad se mantiene firme. Con pacto, depende de las circunstancias.

Finalmente, y para mí lo principal, es que PPL no podía pactar con Imbroda. Lo hemos dicho por activa y por pasiva durante más de cuatro años: “El PP sería siempre nuestra primera opción por proximidad ideológica, pero tendrían que irse Imbroda y todos los imputados judicialmente por acciones políticas derivadas del ejercicio de sus cargos públicos”. Imbroda no se ha ido. Los “imputados” han sido rebajados a “procesados”; y, es más, los dos procesados más conocidos: Marín y Garbín, han tomado posesión de sus cargos. Creo que no se debe hacer publicidad engañosa en la política. En la vida mercantil está prohibida. En la vida política también debería estarlo. Lo que se dice hay que cumplirlo.

No acepto que me digan: “es que la política es así”, o “la política es incomprensible”. Vuelvo al principio: no debe ser así, y, si no lo fuera, no tendría que haber el divorcio tan evidente que existe entre la “clase política” y el pueblo español. Una desconfianza que no debería existir, en tanto que los primeros son parte de los segundos.

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