Centrémonos en los mejores: Son los que pueden ayudar a cambiar el mundo

Siempre he pensado que los gobernantes, independientemente de la magnitud e importancia de los gobiernos que han conseguido encabezar, sean estos de naciones, regiones, provincias o ciudades; y ya sean de las más grandes y poderosas, o de las más pequeñas y debilitadas, todos deben ser capaces de ofrecer a la sociedad -principalmente a la propia, pero también a la población ajena-, además de lo fundamental – que es un buen gobierno-, una forma de conducirse ellos mismos que ayude a educar a las personas que componen la población en general y, en definitiva, a las sociedades de los que estos forman parte.

Pienso así porque considero que tales gobernantes son, en mayor o menor medida – claro está- objetos continuos del escrutinio público en tanto que son personas de referencia, un honor que comparten junto a otras personas influyentes: deportistas de élite, líderes de opinión, artistas, cantantes y periodistas; escritores, científicos o empresarios de éxito, aunque estos tres últimos casos sean más raros en nuestro país: España y, en su lugar, predomine una deprimente fauna de polemistas especializados en cotilleos varios sobre celebridades, políticos o quien se ponga en medio, si bien esta será otra historia.

Y esos sujetos que, a su vez, son objeto de focalización de las personas individuales, muestran continuamente actitudes, conductas y comportamientos, que van a influir sobre un grupo muy numeroso de personas a través del juego de las percepciones, y que pueden servir, por tanto, para mejorar las creencias y formas de conducirse de las personas que les observan. Todos ellos deberían ser conscientes de que pueden y deben utilizar sus altas posiciones, que en la mayoría de los casos han logrado por sus propios méritos, para ayudar a lograr, poco a poco, un mundo mejor: una sociedad cada vez más civilizada. Si lo que muestran son altos valores, eso será lo que perciban la mayoría de los individuos, y eso es lo que estos considerarán que hay que hacer, puesto que es lo correcto.

Por ejemplo, debemos ser conscientes de la importancia que tienen para las sociedades modernas, que cuentan con una capacidad de obtener información prácticamente ilimitada e instantánea, algunos comportamientos públicos como los que viene protagonizando desde hace muchos años ya, y en cada una de sus numerosas hazañas deportivas, un deportista de la talla de Rafael Nadal. Sus valores, principios y convicciones, que superan en mucho los límites de la cancha donde se demuestran con mucha frecuencia, pueden llegar a ser perfectamente entendidos, y luego asumidos e interiorizados, por muchas personas; y su extensión y generalización cada vez mayor sin duda cooperarían, a nivel de las sociedades en su conjunto, a conseguir un mundo mejor para el presente y el futuro.

Pero no sólo se trata de Nadal, como si él fuera la única excepción. Hay otras muchas personas que se encuentran en la élite, de entre los que componen los grupos citados, que intentan transmitir lo mejor de ellos mismos en cada momento, al menos siempre que se muestran en público, y que constituyen un ejemplo – viviente- con su actitud ejemplar y ejemplarizante, la cual sirve para demostrar que siempre es posible actuar del modo más correcto en contra de la forma más incorrecta; que puede prevalecer el respeto sobre la descortesía; la honestidad frente a la deshonestidad; la gallardía frente a la cobardía; la cultura sobre la barbarie; la verdad sobre la mentira; el patriotismo bien entendido sobre la traición; la participación sobre la imposición…en resumen: lo que es bueno y auténtico frente a la barbarie, la sinrazón, el despropósito, el insulto, el despotismo y la tiranía.

Viene esto a cuento de observar el comportamiento de un gobernante como Donald Trump. Llamo la atención sobre él porque une a su notoriedad pública evidente un poder real increíblemente grande. Por supuesto que tiene algunas virtudes: osadía, sinceridad, capacidad de resolución y de liderazgo. No todo es malo, ni en él ni en nadie. No en vano ha sido votado por sesenta millones de americanos, entre los que seguro hay muchísimas personas excelentes. Sin embargo, las sensaciones que transmite en algunos casos no son muy positivas, porque – me pregunto: ¿Es bueno para la gente ver al líder de la nación más poderosa del mundo abusando públicamente y faltando el respeto a otras más débiles y hacia personas desfavorecidas?, ¿Es bueno para la gente ver a un poderoso mofándose de un reportero discapacitado?, ¿Es bueno para la gente ver al principal mandatario del país más poderoso del mundo afirmar que, a partir de ahora, se van a volver más egoístas en todo lo que respecta al resto de la humanidad, tanto en comercio internacional, inversiones, aranceles, intercambios, organizaciones supra-nacionales, etc?

Sinceramente, yo no creo que sea bueno, aunque probablemente habrá aspectos en los que tenga razón o, al menos, una parte de ella. Supongo que su actitud puede dar votos. Que puede hacer ganar unas elecciones, pero no creo que sea bueno para la humanidad en su conjunto. Espero que el tiempo le haga ir atemperándose y calmándose, porque lo que puede parecer bueno, a veces no lo es.

Sin duda, es una criatura a la que han dado forma los fantasmas de la globalización, esos que hacen desaparecer miles de puestos de trabajo en algunas naciones desarrolladas mientras que se generan otros tantos en otras en las que, hace simplemente veinte años, morían cientos de miles cada cierto tiempo cuando sucedían hambrunas, sequías o inundaciones. Estas desgracias rara vez producen en la actualidad tantos fallecimientos y, si lo hacen, es más a consecuencia de guerras y luchas por el poder que por tales razones. El aumento del comercio internacional, de las inversiones en países subdesarrollados y la globalización han mejorado las condiciones de vida de millones de personas. Con todos sus defectos -que los hay- la situación era ayer mejor que en el pasado. En definitiva, lo que es bueno para unos puede parecer menos bueno para otros. La responsabilidad de los líderes mundiales –principalmente los más poderosos- no puede centrarse exclusivamente en sus territorios. Entre todos debemos conseguir que se continúe, profundice y mejore lo que es bueno para la humanidad, aunque no sea popular o, mejor dicho, populista.

Otro día hablaremos de Rajoy y también de otros. Puede que –aunque no lo sepamos- tengamos algún “Trump” entre nosotros.

Para hacer el ridículo siempre hay tiempo, Sr. Ministro.

El Ministro del Interior del Gobierno de España, D. Jorge Fernández Díaz, ha visitado hoy la ciudad a la que siempre se ha conocido como Melilla, pero que hoy debería haberse llamado “Imbrodópolis” (más…)

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