Melilla: una ciudad ante su encrucijada

Una ciudad en crisis

Melilla se enfrenta a uno de los momentos más cruciales de su historia. Momentos amargos y, a su vez, críticos. Nos encontramos en franca decadencia. Las cifras de paro y de pobreza nunca han alcanzado los niveles actuales. La persistente caída de la actividad económica privada viene siendo una constante en los últimos trece años, desde antes incluso del inicio de la crisis económica generalizada. Las perspectivas de futuro son mínimas para una buena parte de la población melillense.

Han empeorado problemas antiguos de marginación, desarraigo y reticencia a la integración de grupos numerosos de personas. Las oleadas inmigratorias, que podrían alcanzar la característica de descontroladas según como sea la voluntad política de Marruecos, podrían constituir una amenaza a la mera supervivencia de la ciudad. Ha surgido una nueva forma de inmigración procedente del entorno marroquí: la de menores no acompañados que sospechosamente son abandonados en el interior de Melilla para que la Ciudad Autónoma se responsabilice de su tutela obligatoria hasta que alcancen la mayoría de edad, con todo lo que esto implica de cara al futuro no muy lejano. La inseguridad ciudadana es un sentimiento que va calando en la ciudadanía, mientras se han venido multiplicando los sucesos de robos, tentativas de los mismos, altercados y accidentes de todo tipo. Y ha aparecido, además, un peligroso caldo de cultivo: el yihadismo que, si bien no es aún muy numeroso, está creciendo en sus manifestaciones.

Son unos momentos amargos, porque nunca han coincidido tantos y tan variados problemas, y nunca se ha producido una evolución tan desfavorable de los indicadores económicos y sociales que sirven para definir el bienestar o, en este caso, el malestar de una sociedad en términos medios; y son también críticos, porque la capacidad de reacción frente a los anteriores y la forma de hacerlo marcará, sin duda alguna, el devenir a medio y largo plazo de esta ciudad en función de nuestra capacidad para escalar el pozo en el que estamos sumidos y volver a alcanzar el camino de la prosperidad que tenemos derecho a conseguir a base de trabajo y buen hacer, como españoles y ciudadanos libres que somos; o, por contra, hundirnos definitivamente en el abismo, por mucho que se pretenda suavizar la desgraciada realidad actual utilizando los presupuestos generales del estado, o las acciones propagandísticas de tipo triunfalista.

El futuro de Melilla

Tenemos muchos frentes que atender y muchos problemas que enfrentar y para eso haría falta un liderazgo renovado. Haría falta hablar de todo y generar un nuevo contrato social entre los melillenses dispuestos a luchar por su tierra, y que indiscutiblemente se sintiesen españoles por encima de cualquier otra consideración y cualquiera que sea su procedencia. Tendríamos que perdonarnos muchas cosas entre nosotros y solucionar conjuntamente otras muchas más, y hacerlo más desde la cooperación leal en lugar que desde el engaño.

En mi opinión, en el año 2017 todavía estaríamos a tiempo de corregir el rumbo de las cosas, pero estamos llegando al punto de no retorno. Más allá está el precipicio, aunque muchos aún no acierten a adivinarlo o, aunque lo adivinen, a ellos les traiga al pairo mientras anden calentitos, aplicándose lo del dicho popular: “…y el que venga detrás, que arree”.

Sé de la importancia estratégica que Melilla tiene para España. Pero considero que el futuro de Melilla como ciudad española no debe sujetarse con alfileres y por los pelos, sino que Melilla debe sustentarse en bases sólidas; y la mayor solidez la proporcionará una economía próspera, capaz de generar puestos de trabajo y oportunidades para todos aquellos que deseen aprovecharlas.

Considero que España cometería un gran error, por precaución ante el reino vecino principalmente, en seguir apostando por una estabilidad ficticia caracterizada por esconder los problemas debajo de la alfombra, mientras se aportan ingentes cantidades de dinero a cambio de continuar tapándose los ojos con los “errores administrativos” de los gestores políticos.

Creo que habría que reinventar Melilla. Deberíamos romper las tendencias históricas que condenan a nuestra ciudad a la mediocridad, la debilidad cada vez mayor y la inviabilidad económica y social a largo plazo. Pero para eso nos harían falta dirigentes políticos que, al menos, tuviesen una visión de la Melilla que ambicionan para el futuro; y una organización política detrás que fuese capaz de nutrir de colaboradores políticos solventes y honrados a tales líderes, de forma que asegurasen un cumplimiento eficaz y eficiente de la misión que les encomendaríamos: llevarnos a una Melilla que siguiera siendo española, y que, a su vez, fuese viable a medio y largo plazo.

Todo ello, por supuesto, dentro del marco estrecho de unos principios y valores irrenunciables –obvios, aunque no por ello comunes-, principalmente con tres requisitos: patriotismo bien entendido, honestidad a prueba de bombas y generosidad política con aquellos que pudiesen pensar de forma diferente. Todo lo demás podría conseguirse. Sería cuestión de personas y de un pueblo que supiese elegir; y esperemos que sepa hacerlo bien, porque se trata de nuestro futuro, el de nuestros hijos y el de nuestra ciudad.

Un pacto ¿bueno o malo?

En muchas ocasiones, parece que la vida política española es muy compleja. Tan compleja que solo pueden comprenderla los políticos y los comentaristas políticos avezados y nunca el común de los mortales, ese sujeto indeterminado: el pueblo español, al que teóricamente iría dirigida cualquier acción política y que pagará, en todo caso, tanto los aciertos como los fracasos que se hacen siempre  en su nombre y por su interés, también teóricamente.

No me corresponde a mí hablar de las causas de esta percepción de los ciudadanos, pero sí quiero afirmar con rotundidad que no debería ser así: que los ciudadanos tienen que poder comprender y compartir la política y las decisiones de los políticos y, es más, estas deberían ser perfectamente previsibles, al menos en un intervalo lógico y en función de una graduación de la gravedad de las decisiones políticas que haya que tomar.

Y es que las cosas deberían ser más fáciles de lo que parecen. Somos los humanos quienes nos empeñamos en hacerlas complicadas. Veamos: Hay que cumplir la Ley siempre. No valen excepciones ni conveniencias. Lo que era malo y terrible un mes antes debe seguir siéndolo un mes después, a menos que haya aparecido súbitamente una prueba irrefutable en sentido contrario. Lo que se ha dicho y redicho en el período electoral y en los meses previos debe mantenerse, sobre todo cuando todo ello forma parte del núcleo de la oferta electoral con la que un partido político concreto ha concurrido a unas elecciones y ha obtenido votos – sean pocos o muchos – de los ciudadanos. Es más: Los electores deben anticipar fácilmente antes de emitir su voto cuáles son las coaliciones post-electorales posibles y cuáles no.

En Melilla, estamos viviendo unas situaciones políticas de difícil comprensión. Cuando no vaya a gobernar el que ha ganado las elecciones aunque sin mayoría absoluta, los ciudadanos tienen que entender las razones por la que esto no es así. Creo que en Melilla era muy razonable que no gobernase Imbroda. Después de 15 años de Imbrodismo. Después de tantas y tantas denuncias de actuaciones inapropiadas. Después de tanto clientelismo, enchufismo y amiguismo. Después de repetidos, aunque nunca probados -al menos por ahora-, fraudes en el voto por correo y en la compra generalizada de última hora de voluntades en algunos (pocos o muchos, da igual) electores. Después de todo ello, existían razones más que fundadas para que el resto de los partidos con representación en la Asamblea hubieran pactado un gobierno alternativo, destinado a regenerar la institución que es de todos los melillenses y a desmontar el aparato político clientelar que tanto ha perturbado la democracia en Melilla y tanto daño ha hecho al mismo futuro de la ciudad.

Pero lo anterior no ha sido posible. Concretamente, dos partidos -ambos de ámbito nacional- se han negado, aunque de manera legítima, a hacer factible esta posibilidad, para la cual era condición necesaria la generosidad política previa de todos los integrantes. Han existido intentos de gobierno alternativo, pero no han fraguado. Nunca ha dado la sensación de que existiera una posibilidad real de un acuerdo.

Una vez que lo anterior había fracasado, lo lógico hubiera sido un gobierno del PP del Sr. Imbroda en minoría, tal como prevé el Estatuto de Autonomía de Melilla. Un gobierno que se vería en la necesidad de buscar acuerdos para sacar adelante asuntos de especial interés: los presupuestos anuales, el plan de ordenación urbana y muchos otros. El diálogo y el consenso habrían primado sobre la pura imposición y el nulo respeto democrático del que Imbroda ha hecho gala durante demasiados años ya. No era un horizonte tan malo para los ciudadanos de Melilla. Para el único que era malo era para el propio Sr. Imbroda y su gobierno, que perdería el “rodillo” asambleario del que ha disfrutado durante tanto tiempo. La inestabilidad que esto podría producir sería relativa, siempre y cuando existiese, al menos, un diputado o diputada, y, por supuesto, un partido político organizado detrás, que tuviese las ideas claras sobre lo que puede o no puede aprobarse, sobre lo que es en interés de Melilla y lo que no lo es. Ese partido podría y debería haber sido Populares en Libertad.

Pero ha venido la sorpresa. Una sorpresa para mí traumática: mi partido, para el que me he dedicado en cuerpo y alma durante cuatro años irrepetibles de mi vida, ha decidido “pactar” con el PP del Sr. Imbroda y entrar en su gobierno, facilitándole la mayoría absoluta a cambio de unos compromisos de acciones o inacciones políticas determinadas. Unos compromisos que, por cierto, siguen sin ser públicos -algo que no logro entender- a pesar de que han transcurrido ya varios días desde la materialización del pacto y la obtención de la presidencia por el Sr. Imbroda.

Las preguntas que me hago son las siguientes: ¿Era lo mejor para Melilla este Pacto y la entrada de PPL en el gobierno?, ¿Tenía que pactar PPL obligatoriamente?, ¿Va a cambiar su forma de actuar el Sr. Imbroda por mucho compromiso político que tenga firmado?

La primera pregunta ya la he contestado anteriormente: No era lo mejor. Lo mejor era obligarle al diálogo y al consenso. Lo mejor era controlarle y evitar cualquier tipo de tropelía. Lo mejor era un gobierno alternativo que hubiese desmontado el sistema y que, al menos, las próximas elecciones en Melilla fueran libres y sin trampas.

La segunda es también negativa, aunque se ha utilizado para justificar la acción de PPL, afirmando: “si PPL no pactaba, desaparecería, porque es inviable. Habría sido preferible el pacto cuatri-partido pero como no ha sido posible, había que pactar”. Esta premisa es falsa. Si fuera cierta todos los partidos que cuentan con un único concejal o diputado desaparecerían. Sabemos que UPyD lleva 8 años trabajando sin representación en Melilla, y no hablemos de IU, Los Verdes y muchos otros. Además, tenemos la experiencia de 4 años en la Asamblea con un grupo de 2 diputados: uno de ellos (yo mismo) a tiempo completo y otra compatibilizando, con muchas dificultades e impedimentos de sus superiores, su trabajo como profesora de instituto con la asistencia a los órganos de la Asamblea de Melilla. Es decir: la diferencia no era mucha. Existían dificultades añadidas, bien que lo sé, pero habría sido posible seguir adelante con el equipo adecuado a la nueva situación sobrevenida. El problema, antes y ahora, era de voluntad política.

Sobre la tercera pregunta, tengo que responder que lo dudo, y además mucho. No me lo creo. No me creo que el Sr. Imbroda, después de las innumerables faltas de respeto y consideración que ha tenido, tanto con los procedimientos administrativos (ya saben: los famosos “errores administrativos”), como con sus oponentes políticos, el manejo de la institución que es de todos o cualquier otro aspecto que haya podido caracterizar su presidencia, vaya a cambiar de un día para otro, y menos por la existencia de un mero papel. También existía un gran acervo de leyes y reglamentos que han sido vulnerados con los citados “errores administrativos”. Ya se decía, en tiempos de Felipe II, que España tenía muchísimas y buenas leyes y normas…que nunca se cumplen porque no se hacen cumplir. En mi opinión, el mero hecho de entrar en el gobierno debilita la voluntad política. Sin pacto, la voluntad se mantiene firme. Con pacto, depende de las circunstancias.

Finalmente, y para mí lo principal, es que PPL no podía pactar con Imbroda. Lo hemos dicho por activa y por pasiva durante más de cuatro años: “El PP sería siempre nuestra primera opción por proximidad ideológica, pero tendrían que irse Imbroda y todos los imputados judicialmente por acciones políticas derivadas del ejercicio de sus cargos públicos”. Imbroda no se ha ido. Los “imputados” han sido rebajados a “procesados”; y, es más, los dos procesados más conocidos: Marín y Garbín, han tomado posesión de sus cargos. Creo que no se debe hacer publicidad engañosa en la política. En la vida mercantil está prohibida. En la vida política también debería estarlo. Lo que se dice hay que cumplirlo.

No acepto que me digan: “es que la política es así”, o “la política es incomprensible”. Vuelvo al principio: no debe ser así, y, si no lo fuera, no tendría que haber el divorcio tan evidente que existe entre la “clase política” y el pueblo español. Una desconfianza que no debería existir, en tanto que los primeros son parte de los segundos.

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