El PP que queda: inerte e inerme a menos que sepa reaccionar

Una vez que el “dedazo” de Aznar le designó, allá por septiembre de 2003, Rajoy se encontró con un partido popular que concentraba todo el espectro ideológico que abarcaba – para el conjunto nacional a excepción de Cataluña y País Vasco – desde el centro izquierda moderado hasta la derecha extrema constitucional.

Además, ese PP daba la impresion de que estaba vertebrado en torno a objetivos básicos de carácter nacional, que servían para aglutinar y unir a tantos militantes de procedencias y pareceres variopintos. Uno de ellos, y el más característico, era conseguir la derrota de ETA. También se estaba incidiendo en la eliminación de cualquier complejo de inferioridad democrática y constitucional ante la izquierda. Finalmente, y para los más sagaces, daba la sensación que, de cara al exterior, se buscaba un reposicionamiento de España en el concierto de las naciones como una potencia media europea, pujante, ambiciosa, exitosa, orgullosa de sí misma y cada vez más capacitada para reclamar el lugar que le correspondía en función de su glorioso pasado, proyectando liderazgo en hispano América principalmente.
Por tanto, era un partido sustentado en valores, principios y convicciones que, ademas, podían identificarse con referentes ideológicos, nombres y apellidos concretos, quienes defendían firmemente las ideas y convicciones del pp allí donde fuera menester, principalmente en el País Vasco, pero también en otros lugares y para otras temáticas, si bien estas últimas con mayor o menor acierto.
Heroicos comportamientos que a veces se pagaron en sangre: Gregorio Ordóñez, Miguel Angel Blanco, Martín Carpena, el matrimonio Jiménez-Becerril y muchos otros, que, por supuesto, no todos eran del PP. Otras actuaciones de personas ejemplares llegaban a emocionar a cualquier observador, como las de María San Gil, Ortega Lara, Abascal – padre e hijo-, Vidal-Quadras, Mayor Oreja, Iturgáiz…
Liberales, demócrata-cristianos, centristas, moderados de centro-izquierda, conservadores y ultra-conservadores, todos podían sentirse identificados con un proyecto que, como hemos visto, se aglutinaba en torno a valores y a objetivos claros de carácter nacional. El foco estaba en lo que les unía y el pegamento era el liderazgo de Aznar, por supuesto con sus luces y sombras, como evidentemente ocurre siempre y en todo lugar.
Pero no era oro todo lo que relucía en el PP anterior a 2004: Abajo de los oropeles y las bonitas vidrieras, debajo de los grandes hombres y mujeres que se jugaban literalmente la vida contra ETA, existía toda una tupida red de catacumbas, esculpidas bajo el desinterés y amor a España de los primeros. Catacumbas de corrupción, con olor a rata e inmundicia, de la que se aprovechaban algunos canallas militantes del PP cuyos únicos principios y convicciones empezaban y terminaban en el dinero. Un dinero sucio, un dinero corrompido del que no sólo se beneficiaban tales canallas sino que servía, según acaba de declarar la Justicia, para financiar las actividades electorales del PP y dar la apariencia de buena gestión y abundancia de medios.
Por otra parte, había a quienes no les gustaba la ambición de Aznar, incluso dentro del propio PP, principalmente aquellos que buscaban -y siguen buscando- el poder por el poder y no para cambiar las cosas.
Pero también tenía importantes detractores fuera de España debido a algunos temas, por ejemplo, la política exterior de España, ya que llegó a propiciar un nuevo frente de poder en el seno de la Unión Europea contrario al tradicionalmente dominante franco-alemán, llegando a pactar a tales efectos con el Reino Unido y los nuevos estados europeos que anteriormente estaban tras el “telón de acero”. Tampoco le gustaba a nuestro “vecino del sur”, que coincidía con Francia en su interés de que España continuase siendo una potencia aislada, encerrada en sí misma, sin vocación de acción externa y con nula capacidad de sacrificio para obtener resultados en el concierto de las naciones.
Quince años después, el panorama es desolador. ETA ha abandonado la lucha pero no puede decirse que haya sido derrotada. Es más, están en las instituciones. El PP ha abandonado la defensa de sus ideas y ha asumido como propios la mayor parte de los paradigmas de la izquierda. Los principios y convicciones son de tipo marxista, pero los de Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.  La diferenciación aparente con la izquierda moderada se ha diluido en el discurso de lo políticamente correcto. La ambición internacional de España se ha vuelto inexistente. Tras el trauma del 11-M y los siete años siguientes de derrotas electorales frente a Zapatero, el complejo, la cautela y la ausencia de movimientos han llegado a ser la tónica habitual. La mayoría absoluta obtenida por el PP en 2011 ha sido desperdiciada.
No es raro que los grandes referentes ideológicos hayan abandonado el partido, o permanezcan silentes y aislados; la unidad en torno a objetivos de carácter nacional ha desaparecido, sencillamente porque no existen otros diferentes que obtener y conservar el poder a toda costa, aunque sólo sea por el poder o para evitar que otros lo tengan. Sin decirlo expresamente, el PP se ha convertido en el paradigma de lo expresado por Alfonso Guerra en su día: “El que se mueva, no sale en la foto”.
Efectivamente, como le leí a Santiago Abascal hace unos días, al PP no lo ha derribado la corrupción. La corrupción ha sido la “puntilla”, pero ya venía desmoronándose. Al PP se lo está cargando la falta de ilusión y de proyecto. La ausencia de líderes con visión y valores y de un proyecto ilusionante. La mediocridad se ha adueñado del escenario. Buena parte de los mejores han tenido que abandonar el barco, desesperados ante la abulia y la inoperancia de los últimos años; y los que han quedado son los que han quedado, ni más ni menos.
Sí. Permanece aún un número todavía impresionante de militantes, pero están huérfanos de ideas y referentes ideológicos y, por otra parte, quedan unos desorientados votantes cada vez menos fieles, más menguados y, sobre todo, más desilusionados. En los sitios en los que no gobiernan, confesar la pertenencia al  PP cuesta cada vez más. Se adivina el desastre, a menos que sepan reaccionar inmediatamente. En este sentido, la moción de censura y el cambio de gobierno es una auténtica oportunidad de oro para la supervivencia y remontada del Partido Popular, aunque para eso deberán desprenderse de mucho lastre que aún les queda y terminar de sacar las inmundicias de los cimientos del partido y de debajo de la alfombra.
Como muestra un botón: se acabó el mes de Abril aplaudiendo hasta la extenuación a Cifuentes en Sevilla; se empezó Mayo pidiendo el cese de la anterior; se ha empezado junio con la emotiva despedida de Rajoy de la política, y ya veremos lo que ocurre en unos días cuando se abra el melón de la sucesión; y no digamos dentro de un mes. Se aplaude por todo lo que haga falta y más aún, pero luego no queda nada más que el eco de esos aplausos porque nadie recuerda por qué ni para qué se aplaudía.

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