La honestidad desarma (reedición actualizada)

Entre “Las 22 Leyes Inmutables del Marketing”, obra de Al Ries y Jack Trout, se enuncia la “Ley de la franqueza: Va en contra de la naturaleza corporativa y humana el admitir un problema. No obstante, y aunque parezca sorprendente, una de las formas más efectivas de introducirse en la mente es reconocer en primer lugar algo negativo y luego convertirlo en algo positivo”.

No cabe duda que entre las cualidades de muchos gobernantes en España no están la franqueza ni reconocer un error. En su estrecho vocabulario político no se conjugan los verbos “pedir perdón o disculpas”, “reconocer fallos”, “asumir responsabilidades” y, menos aún, “permitir críticas”. El resultado de todo ello es un ridículo juego, mantenido por unos políticos a la defensiva, que está sustentado en las medias verdades, en el “y tú más”, en criticar al que critica aunque haya que remontarse a la época de la reconquista en busca de antecedentes y en tratar de imponer una “verdad oficial” mediante la inserción en los medios de comunicación, que tales gobiernos a menudo mantienen financieramente de manera muy generosa -con dinero público, claro- , de una crítica reducida a su mínima expresión junto a una respuesta de tales gobiernos que, casualmente, se producen inmediatamente después de efectuarse cada una de las críticas.

Claro que reconocer un error o asumir responsabilidades cuesta y mucho, pero la mejor manera de evitarlos en el futuro es que estas acciones se realicen con naturalidad, y si no se hacen, que se exijan por quien detente el máximo poder, ya que serían la forma más sana de generar la tensión necesaria entre los gobernantes actuales para reducirlas a su mínima expresión. En cambio, si saben que nadie les va a exigir responsabilidades: ni sus superiores ni los medios de comunicación ni los ciudadanos y que, además, las voces de quienes lo hagan van a ser apagadas en la forma descrita y que los Tribunales actuarán siempre demasiado tarde si lo hacen, el resultado final es diabólico: no cambiará nada y, si lo hace, será a peor, y no sólo eso, sino que se generará una espiral estúpida de medias verdades y coartadas que, al final, no harán otra cosa que arrastrar por el fango la credibilidad de los pocos que podrían salvarse porque no han hecho nada impropio.

Sinceramente, creo que este planteamiento descrito es un error. No pasa nada por reconocer un fallo, principalmente cuando ha sido involuntario. Es más, todos sabemos que cuando estamos frente a alguien que ha hecho algo incorrecto y lo reconoce inmediatamente con franqueza y honestidad, no podemos más que aceptar sus disculpas, por muy enfadados que estemos, y seguir con la relación…y es que ¡La honestidad desarma!, pero para eso hay que ser mínimamente honesto, aunque esa será otra historia.

Nota: Este articulo fue publicado originalmente en este blog durante el mes de Junio de 2013.

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