Melilla: el Gran Hermano o una de las últimas Dictaduras

El 28 de Junio de 2006, D. José María Antón, en su faceta como director de la compañía de teatro Concord -que es inseparable a su oficio de catedrático de literatura- durante su intervención en un acto público ante un auditorio formado en buena parte por cargos del gobierno de Melilla y del partido popular en el poder, amén de los consabidos acompañantes, pronunció una frase para la posteridad, al menos de esta pequeña ciudad española: “en el mundo quedan tres dictaduras: Corea del Norte, Cuba…y Melilla”.

No le faltaba razón al emérito profesor, aunque hoy podría incluirse en la desafortunada lista también a Venezuela. Es más, once años después estamos aún en peor situación que en aquel entonces en cualquier indicador sobre el ejercicio de las libertades en Melilla que pudiésemos considerar o calcular, ya sean libertades políticas, o de prensa, de establecimiento o, en general, económicas -y no digamos ya las laborales- o incluso las más íntimas, como las libertades de pensamiento o la simple omisión a actuar de acuerdo a determinados intereses.

Y es que los melillenses, de una manera u otra, tropezamos casi a diario con la impertinente intromisión en nuestras vidas de una especie de Gran Hermano que pretende y finge verlo todo y, lo que es peor, todo lo quiere controlar, incluso lo que la gente puede decir, manifestar, sentir o lo que pudiera llegar a pensar. Probablemente, George Orwell no se refería a Melilla cuando escribió su novela, pero las similitudes son muchas. Pudiera ser que hasta se hubiese quedado corto. La realidad es terrible: El ser preguntado por el impresentable de turno sobre el porqué te has parado a hablar con alguien determinado o el porqué has hecho esto o lo otro que pudiera favorecer o perjudicar a alguien de la casta ; y no digamos cuando de lo que se trata es de haber expresado una simple opinión libre e individual sobre la ciudad o sobre la política local; o la vigilancia de los “me gusta”  otorgados a un post en facebook publicado por algún disidente o, simplemente, por alguien que se atreve a pensar por sí mismo, o que pudiera interpretarse como una opinión en contra de algunos intereses políticos, a pesar de que este podría tener más razón que un santo.

Todo lo anterior es más común de lo que pudiera creer un observador externo o de lo que alguien que no viva en Melilla pudiera llegar a pensar. No son imaginaciones mías. No son alucinaciones de un lunático, si bien no afecta a todos los melillenses. Muchos melillenses nunca permitirían ni permitirán que les intenten controlar de esta manera tan bajuna. Los impresentables saben con quien puede jugarse este juego y con quien no. Pero la triste y dolorosa realidad es que se intenta hacer.

Desde luego, considero que esta situación actual de Melilla va mucho más allá de lo éticamente soportable y asumible. Indudablemente, esta situación no es sana, ni social ni económicamente. A los ciudadanos hay que buscar fortalecerles y darles medios e instrumentos para que, por sí mismos, logren cumplir sus sueños y cubran sus necesidades. En ningún caso hay que intentar atemorizar a los individuos ni debilitarles. Esa práctica puede ser terriblemente nociva.

Hay políticos que creen que para los ciudadanos el ejercicio de la democracia consiste en votar -eso sí, mejor con miedo- cada cuatro años y luego que estos les muestren continuamente sumisión, que es un concepto muy diferente al debido y obligado respeto que debe guardarse siempre hacia la autoridad legal y legítima.

Considero que el Gran Hermano melillense constituye una situación contra la que hay que luchar y conseguir derrotar. No debería ser posible, en la España Constitucional de 2017, que estas situaciones existan e intenten mantenerse en el tiempo. No hay nada en el mundo, sea lo que sea, que pueda justificar el mero intento de prevalecer de esta forma y el intento de su sostenimiento sobre la base del miedo y la restricción de todo tipo de libertades.

Hay situaciones aún más deplorables: la compra-venta de votos, muchas veces denunciada e incluso alguna vez periodísticamente probada, que nos retrotraen a las prácticas caciquiles del siglo XIX y que dificultan cualquier cambio en nuestra ciudad. Un cambio que paradójicamente podría beneficiar, en su mayor parte, a quienes constituyen presuntamente la parte más débil en el comercio del derecho al voto a cambio de una dádiva, mayor o menor según el caso, pero de esto último hablaremos otro día.

Melilla: una estructura económica peculiar

No hay muchos lugares en el mundo que puedan ofrecer un panorama económico parecido a Melilla. Por ejemplo, si observamos el número de personas que trabajan en Melilla, el 59% lo hace para el sector público, que está formado por la administración pública y la defensa nacional, es decir: empleados públicos de sanidad, educación, administración local, seguridad social, hacienda, puerto, aeropuerto y entes similares. Junto a estos, un 25% de los trabajadores prestan sus servicios en empresas comerciales; un 9% en otros servicios (inmobiliarias, banca, seguros, servicios a empresas, etc) y un 4% en la construcción. El restante 3% se reparte entre agricultura, pesca e industria, estos últimos como sectores testimoniales y con una actividad marginal.

Si a esta proporción le sumamos una estimación del empleo indirecto que el movimiento del sector público genera a través de empresas tales como las especializadas en obras públicas, las diferentes contratas públicas, las empresas subvencionadas, los servicios privatizados mediante concesión o contrato, o a aquellas que venden una gran parte de su producción al sector público, podríamos llegar e incluso superar una proporción de tres de cada cuatro personas ocupadas que en Melilla dependen del sector público. La cifra es importante y asombrosa, pero el asombro podría aumentar más si, en lugar de ceñirnos a la población ocupada, nos referimos al total de la población, y entonces consideramos, además, a las personas inactivas en general que dependen de lo público, que estarían formadas por la población inactiva dependiente de cada una de las personas ocupadas, directa o indirectamente, en el sector público; y a esta cantidad le añadimos los pensionistas, en cualquiera de sus diferentes formas, los desempleados que perciben prestaciones o subsidios por desempleo, y las personas dependientes de la ayuda social de las administraciones públicas. Los cálculos nos volverían a llevar a que aproximadamente tres de cada cuatro melillenses dependen de lo público, considerado el término en un sentido amplio.

One thought on “Melilla: el Gran Hermano o una de las últimas Dictaduras
Edmundo

Eso de mirar los ” me gusta” en el Facebook, me es muy ” traidoramente ” familiar
¿ A usted no?

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