Melilla: En busca del empresario perdido

Melilla, hoy en día, es una ciudad de tamaño mediano, que cuenta con una población de unos 75.000 habitantes, una escasa actividad privada y una altísima tasa de paro. El sector público es el predominante por antonomasia, y aproximadamente una de cada dos personas que trabajan lo hacen para el mismo bajo sus diferentes formas (ejército, sanidad, educación, justicia, administración pública, entidades y empresas públicas, etc.). Si a esta proporción le sumamos una estimación del empleo indirecto que el movimiento del sector público genera a través de empresas tales como las especializadas en obras públicas, las diferentes contratas públicas, las empresas subvencionadas, los servicios privatizados mediante concesión o contrato, o a aquellas que venden una gran parte de su producción al sector público, podríamos llegar e incluso superar una proporción de 3 de cada 4 personas ocupadas que en Melilla dependen del sector público. La cifra es importante y asombrosa, pero el asombro podría aumentar más si, en lugar de ceñirnos a la población ocupada, nos referimos al total de la población, y entonces consideramos, además, a las personas inactivas en general que dependen de lo público, que estarían formadas por la población inactiva dependiente de cada una de las personas ocupadas, directa o indirectamente, en el sector público; y a esta cantidad le añadimos los pensionistas, en cualquiera de sus diferentes formas, los desempleados que perciben prestaciones o subsidios por desempleo, y las personas dependientes de la ayuda social de las administraciones públicas. Los cálculos nos volverían a llevar a que 3 de cada 4 melillenses dependen de lo público, considerado el término en un sentido amplio.

Pero lo peor, en sí mismo, no es lo anterior, sino que la propensión a depender de lo público, en lugar de agotarse, crece aún más y más. No es raro que la única salida laboral satisfactoria que consideran nuestros jóvenes sea la de opositar, si es posible a algo acorde con su nivel de estudios, pero si no lo es da igual, a lo que sea…y, ya se sabe, meter cabeza y adelante.

Tal vez no soy la persona más adecuada para hablar del tema, pero esta situación  es, cuando menos, preocupante y deprimente, y lo es porque refleja, en mi humilde opinión, una clara sintomatología de una sociedad enferma que, en lugar de luchar por su futuro, está cavando su propia tumba. Desde el punto de vista económico la situación es inaudita por definición, pero desde el punto de vista político lo es aún más, porque si lo que pretendemos, como parece ser que pretendemos todos casi unánimemente, es seguir siendo españoles por encima de todo, desde luego esta no es la mejor manera para asegurarlo, porque la factura con cargo al resto de nuestros compatriotas va en aumento, y lo que podía dispersarse en el pasado entre los grandes números de una nación, puede volvérsenos en contra en la España actual de los particularismos y la insolidaridad regional, cuyo primer aviso ha sido la elaboración imperfecta de las balanzas fiscales regionales y también las modificaciones de los estatutos de autonomía fijando mínimos de gasto de capital del estado en determinadas regiones.

No obstante lo anterior, existen algunos contrapesos que forman parte de los “activos” de esta ciudad frente al resto del estado y de Europa, y que podrían medirse por el volumen de producción proveniente de empresas españolas y europeas que es canalizado y vendido a través de Melilla, y que viene a soportar un volumen considerable de actividad económica en su lugar de localización y, por tanto, de rentas y empleos, también directos e indirectos, en tales zonas.

La única posibilidad de empezar a darle vuelta a esta incómoda situación sería la de crear riqueza privada, en definitiva: crear empresas. Nos guste o no, estamos en una economía liberal, y en tal sistema la única forma de crear riqueza es a través de las empresas privadas, que mediante su desempeño canalizan la recaudación de los impuestos indirectos sobre la producción, y que si cumplen eficientemente su función, esto es: si obtienen beneficios, abonarán a posteriori los impuestos directos sobre la renta, los cuales, sumados a los anteriores y a otros soportados por los ciudadanos, deben garantizar el coste del sector público medido a escala nacional.

Es obvio que en Melilla nunca podrá lograrse la paridad entre los gastos y los ingresos públicos, pero una cosa es una diferencia soportable, y otra un coste desorbitado; y más aún que lo anterior, las propias tendencias para el futuro, para el que podría preverse un crecimiento del gasto continuo y exponencial acuciado, además de lo citado, por un gasto en la sanidad pública desproporcionado al tamaño de la ciudad y, desgraciadamente, nunca reconocido ni agradecido por los receptores del exceso en la proporción, y menos aún por su gobierno.

Aunque en Melilla las tendencias son más pronunciadas y exageradas, esta situación de dependencia del estado no es patrimonio exclusivo de esta ciudad, sino que está compartida con Ceuta, que cuenta con unos porcentajes similares, seguidos por Extremadura, Asturias, Andalucía, Castilla La Mancha…En realidad, es una tendencia general española, y no sólo de ahora, sino que viene del lejano pasado. Y es que a lo largo y ancho de España está muy arraigada la idea que la prosperidad individual emana principalmente del estado, y si no puede conseguirse  trabajar directamente en él, al menos muchos pretenden obtener ventajas, monopolios o marcos de actividad privilegiadas, y, de esta manera, buscar en el estado, considerado en el sentido más amplio, un tratamiento diferencial y preferencial. Es decir: se trata de la cultura de la concesión y la subvención en grado sumo. No importan los merecimientos, importan los “logros” conseguidos de esta manera, sean merecidos o no.

No obstante, hay excepciones, y existen ciudades y zonas que reflejan un dinamismo especial, como la ciudad de Málaga, por poner un ejemplo cercano; o Madrid capital, Valencia, la región de Murcia, Navarra. Todas tienen una característica común: el dinamismo que tienen es de naturaleza empresarial, y el estado se encuentra en segundo término, cumpliendo su función de proveer de los bienes y servicios públicos que son necesarios para ello. Hay problemas en todos los sitios, y también en tales zonas, pero no estoy hablando de la crisis económica actual y sus consecuencias, que son coyunturales, sino que estoy hablando de ciertos problemas permanentes, que vienen de atrás, y que tienen una naturaleza puramente estructural en tanto que están entroncados en las formas comunes de actuar.

En la actualidad hay un notable número de empresarios en Melilla, unos 3.500 en total, de los que la mitad son trabajadores autónomos, pero, a pesar de que existen unas destacables individualidades, son claramente insuficientes para la magnitud del cambio que se necesita, que es un cambio en las actitudes y comportamientos sociales.

Técnicamente una empresa es una unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos. Podríamos definirla también a través de la función principal del empresario que consiste en la autonomía de organizar, dentro de las restricciones que marcan las leyes y las limitaciones que decida imponerse, los medios de producción en aras de satisfacer un ánimo de lucro. O podría ser la existencia, mayor o menor, de trabajadores contratados. Pero hay que acotar los términos. Porque no me refiero a cualquier empresa ni a cualquier empresario. Porque hay demasiadas empresas pendientes de una ayuda estatal, de un favor político, de un golpe de suerte, de un guiño del destino a través del ojo del poderoso. No me refiero a los “emprendedores” de pacotilla  para los que hacer un estudio de mercado y analizar la potencial viabilidad de un negocio se restringe a un encuentro, más o menos causal, con algunos poderosos, al objeto de obtener la información privilegiada que les proporcione un negocio en base a unos riesgos prácticamente inexistentes. Tampoco a los “empresarios” que viven, y muy bien, por cierto, gracias a las subvenciones públicas. Ciertamente, técnicamente también son empresarios, pero apenas tienen diferencias con los funcionarios. Bueno, peor aún, los funcionarios tienen que arriesgar un tiempo, más o menos largo, y un esfuerzo considerable para aprobar sus oposiciones, lo cual también tiene un coste que podría medirse económicamente, mientras que estos sujetos no arriesgan nada, sólo su cara bonita. Me refiero, por tanto, a otro tipo de empresarios, a aquellos emprendedores capaces de innovar y descubrir nuevos caminos donde los demás sólo podemos alcanzar a ver incertidumbre.

En Melilla existió en el pasado una burguesía emprendedora, que tuvo su trascendental importancia a la hora de la consolidación de Melilla como ciudad española en su momento. Reinventar la ciudad, como sin duda es necesario, pasa por conseguir disponer de nuevo de un stock de capital humano empresarial con capacidad y disposición de aprovechar las oportunidades que el entorno nos depara, en tanto que pudieran ser capaces de crear en lugar de conservar; de arriesgar en lugar de quejarse; de considerar las potenciales amenazas como oportunidades, y los gastos para generar nuevos caminos como inversiones a largo plazo. Necesitamos de la aparición de un buen número de este tipo de emprendedores que dinamicen la actividad y den vía libre a la creatividad empresarial. Porque además, no nos engañemos, la mayor garantía de la libertad es la libertad de empresa, y particularmente la competencia empresarial, en donde nadie manda, a excepción de los consumidores.

Llegar a una situación como la descrita tiene sus causas, algunas de ellas inamovibles, pero, principalmente, como hemos visto, sus consecuencias. Hay causas sobre las que, sencillamente, no podemos hacer nada desde Melilla aunque si se podría desde el Parlamento o el Gobierno nacional, como el marco regulador de las actividades económicas o cualquier tipo de modificaciones impositivas, pero hay algunas sobre las que sí podemos incidir en diferentes formas e intensidades. La financiación, en sí, es muy importante y puede ayudar en demasía, pero no es la causa raíz para que nazcan empresas. La localización, por su parte, también es trascendental, pero tampoco el hecho de que existan localizaciones potenciales genera empresas solamente por sí mismo. La formación es muy importante, mucho más de lo que podría parecer, pero, además, si queremos resultados a largo plazo es aún más necesaria la educación, no sólo a los jóvenes sino a la sociedad en general, difundiendo la importancia y la especial heroicidad de decidir implantar este tipo de empresas innovadoras en estos tiempos que corren, a costa de ser considerado sospechoso de muchas cosas: de explotar a los trabajadores y de salirse de la rueda marcada por unos poderosos sólo interesados en seguir siéndolo. Todos estos tópicos han alentado una desconfianza infundada hacia el empresariado, en algunos casos justificada, pero tremendamente injusta en su generalización. Mientras que podemos convivir, por poner un ejemplo, con el especulador que compra hoy viviendas vacías para venderlas mañana obteniendo un gran beneficio, en una operación de riesgos limitados, criticamos, y no tenemos en consideración, a aquellos que deciden complicarse la vida, y empezar a crear una actividad empresarial donde no hay nada, soportando muchas zancadillas antes de obtener un beneficio que, en muchos casos, va ser menor que el especulativo anteriormente descrito. No existe en nuestra sociedad un reconocimiento del auténtico valor social del empresario. Hoy es más conveniente que nunca este reconocimiento y debería crearse un entorno institucional más favorable a la actividad empresarial, reforzando la seguridad jurídica de esta actividad, simplificando los procedimientos administrativos asociados y mejorando su tratamiento fiscal. Por eso son muy convenientes y adecuadas la celebración de jornadas como el “día del emprendedor” que se ha realizado hace unos días. Pero el apoyo a los emprendedores no puede restringirse a un día al año y a una jornada. Hay muchas cosas que se pueden hacer, incluso sin coste adicional para las arcas públicas, porque sólo dependen de prioridades relativas. Por ejemplo, volcar recursos humanos existentes para satisfacer cualquier tipo de demandas del empresariado, como la obtención de permisos y licencias, que deberían  ser resueltas en unos pocos días, o la dinamización de los tránsitos de mercancías a y desde Melilla, o el público reconocimiento social, continuo y persistente, de la enorme importancia de cualquier tipo de inversiones privadas en la ciudad. Todo ello mientras se mejoran en calidad y eficacia, y no en coste, los esfuerzos relativos a la mejora y la disponibilidad de financiación empresarial, la localización y la formación y educación de trabajadores, ciudadanos y público en general.

One thought on “Melilla: En busca del empresario perdido
M. Nieves

Aunque tarde, hoy me he dado cuenta de tu nueva publicación, no quiero pasar la oportunidad de manifestar lo acertado de tus definiciones sobre el empresariado.
En lenguaje callejero, que es el mío, los listillos que comen de la olla, amigotes con información privilegiada, desde que es lo que quieren, hasta de donde lo pueden sacar y los que arriesgan su dinero y su tiempo, siempre bajo sospecha de que lo que pretenden vaya contra el poder establecido.
Tienes razón, tarde o temprano, algun socialistillo sacará las cuentas de lo que la ciudad aporta a las arcas y lo que le cuesta a las mismas.. Mal asunto para entonces….

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