Todo queda igual

El Presidente del Gobierno de España y del Partido Popular ha comparecido por fin ante el Parlamento español. Una comparecencia que ha tardado demasiado en producirse, y que no se ha convocado hasta semanas después de que existiera un verdadero clamor para ello, tanto en el interior como en el exterior de España. El primer rasgo de la misma es que se ha producido demasiado tarde, y eso ha implicado que durante demasiados días la percepción generalizada sobre la realización de actos deshonestos en la financiación y las cuentas del Partido Popular ha calado entre muchos españoles de manera casi irreversible.

La segunda característica viene derivada de la primera: al tardar tanto tiempo en producirse, parece clara la intención inicial de haberla eludido, al menos hasta que el ritmo y evolución de los acontecimientos han obligado al Presidente del Gobierno a tener que someterse a la misma por propia iniciativa, antes que verse obligado a acudir por el debate de una moción de censura de la oposición. Una moción que nunca habría prosperado, habida cuenta de la mayoría absoluta que detenta el Partido Popular, pero que habría llevado a un debate más largo y, por tanto, muy incómodo para el Presidente Rajoy sobre las finanzas del PP: las fuentes de financiación, y su potencial ilegalidad y movimientos ilícitos.

Es decir: la comparecencia de Rajoy se ha producido tarde y mal. Para haber contrarrestado los efectos -probablemente irrecuperables- para su liderazgo y su partido debería haber sido inmediata. En su lugar, ha perdido un tiempo precioso que lamentará en su día.

Tal vez para mitigar los anteriores efectos negativos, el discurso de Rajoy ha sido mucho más directo de lo habitual en él, cosa que nadie esperaba. Ha reconocido su responsabilidad por haber confiado en el ex-Tesorero del PP, ha admitido el pago de «retribuciones complementarias» a cargos del partido, y ha negado cualquier tipo de actividad que pudiera calificarse como delictiva en la gestión de las finanzas de su partido. Finalmente, ha pretendido dar un «carpetazo» al asunto, para que vaya «muriendo» cual culebrón de verano hasta que pueda ser sustituido en la actualidad informativa por nuevos acontecimientos. Todo ello con la esperanza de que estos últimos sean positivos, principalmente en términos de recuperación económica, y así demorar este asunto hasta que el Juez se pronuncie, que llevará años probablemente. Antes de ello, habrá que seguir si se pudiesen producir cambios en la titularidad del Juzgado competente, o en los Fiscales encargados, así como nuevas investigaciones e informaciones en un intento de desprestigiar, más aún si cabe, al ya de por sí desprestigiado Luis Bárcenas.

La apuesta de Rajoy es muy arriesgada y es su última oportunidad política. Si ha mentido en sede parlamentaria y si los papeles y registros que se supone todavía pudiera poseer Bárcenas así lo demostrasen, el escándalo sería mayúsculo y sólo le quedaría la alternativa de la dimisión. Esta es la única razón por la que lo dicho por Mariano Rajoy pudiera ofrecer visos de verosimilitud. No obstante, como todo en esta vida, el tiempo dará y quitará razones. Mientras tanto, todo queda igual.

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