Último día del reinado de D. Juan Carlos I

Todo lo que empieza, o empezó en su día, tiene un final. Ocurre con los objetos y no digamos con las personas, perecederas por definición. Es ley de vida y así deben ser las cosas. No hay nadie insustituible ni indispensable. Ahora bien, esto no es óbice para decir que hay gente más sustituible que otra, pero también hay gente que deja huecos que no serán tan fáciles de llenar de nuevo.

Y es que los largos períodos deben ser valorados en toda su magnitud, en función de los méritos extraordinarios contraídos, los logros efímeros, las virtudes, pero también los errores, los defectos…en definitiva: una vida y un ser humano, al fin y al cabo, capaz de ofrecer lo mejor de sí mismo en muchas ocasiones y lo peor -o menos bueno- en algunas.

Hoy termina el reinado de casi 39 años de D. Juan Carlos I. Un reinado durante el cual se ha transformado España: de ser un país en vías de desarrollo al inicio a un país plenamente desarrollado en su final, si bien afectado duramente en la actualidad por la crisis económica generalizada. Nuestro Rey ha tenido un papel de primer orden en todos estos cambios: Impulsó la concordia y reconciliación entre todos los españoles, convirtió a España en una Monarquía Parlamentaria Constitucional, impulsó un gran consenso nacional en torno a una nueva Constitución, intentó siempre ser el Rey de todos los españoles, incluso de los que se oponían a su Jefatura del Estado, ha sido el mejor embajador de los intereses españoles por el mundo…

Ha tenido algunos errores, como todo el mundo, como todos los tenemos, pero como dijo Benjamín Disraeli, primer ministro británico en la época de máximo esplendor del imperio, “Los grandes servicios no pueden ser cancelados por un acto o un simple error”, y este, efectivamente, es el marco en el que considero que deberíamos valorar sus servicios con la perspectiva puesta en su largo reinado: Un hombre que ha prestado unos grandísimos servicios a España, que aquí quedan y que esperemos y deseemos que no vayamos a echar por tierra por otro tipo de intereses, porque lo que queda, ni más ni menos, no es el hombre, que es efímero, sino su obra.

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